El país del mate: una costumbre que se reinventa sin perder su esencia

El mate no es solo una infusión: es un ritual, un gesto cotidiano y una de las expresiones culturales más profundas de la Argentina. Atraviesa generaciones, regiones y clases sociales. Se comparte en el campo y en la ciudad, en la soledad de una madrugada o en ronda, y hoy vuelve a ocupar un lugar central en la escena pública, de la mano de jóvenes, artistas y deportistas profesionales que lo exhiben con orgullo como parte de su identidad.

El mate no es solo una infusión: es un ritual, un gesto cotidiano y una de las expresiones culturales más profundas de la Argentina. Atraviesa generaciones, regiones y clases sociales. Se comparte en el campo y en la ciudad, en la soledad de una madrugada o en ronda, y hoy vuelve a ocupar un lugar central en la escena pública, de la mano de jóvenes, artistas y deportistas profesionales que lo exhiben con orgullo como parte de su identidad.

El consumo de yerba mate se remonta a los pueblos guaraníes, que habitaban el noreste argentino, Paraguay y el sur de Brasil. Para ellos, la ka’a era una planta sagrada, utilizada tanto como bebida energizante como en rituales espirituales. Con la llegada de los colonizadores, la costumbre se expandió y fue adoptada rápidamente por criollos y gauchos.

Durante el siglo XVII, los jesuitas impulsaron el cultivo sistemático de la yerba mate, sentando las bases de una producción que hoy tiene a la Argentina como uno de los principales productores y consumidores del mundo. En nuestro campo, el mate es inseparable del trabajo diario. Acompaña el amanecer, las recorridas, las largas jornadas y los descansos. Allí, el mate no es accesorio: es parte del ritmo de vida.

 

Entre los tipos de mates más usados se destacan:

  • Mate Porongo (Calabaza): El clásico. Es el fruto de la Lagenaria siceraria secado y vaciado. La variante «boca ancha» o «camionero» es muy popular en el campo porque permite una mayor cantidad de yerba y dura más tiempo sin lavarse.
  • Mate de Madera: Muy usado por su aroma y calidez. Se fabrican de maderas duras como el quebracho, algarrobo o palo santo. Requieren curado para evitar hongos y fisuras. Pueden llevar o no virola -el aro metálico que refuerza la boca del mate-, que ayuda a evitar rajaduras y le aporta presencia estética. Las hay lisas o grabadas, con detalles artesanales, escudos o iniciales, convirtiendo cada pieza en un objeto funcional pero también personalizado.
  • Mate de Guampa o Cuerno: Tradicional entre reseros y jinetes, es irrompible y excelente para viajes largos. Hecho de cuerno de vacuno, a menudo con base de metal o cuero. Es ideal también para el tereré.
  • Mate de Madera de Naranjo: Clásico por su madera liviana y sabor suave que aporta a la yerba.
  • Mate Ranchero: De forma irregular y rústica, evoca el ambiente del fogón y la vida de campo, siendo fácil de mantener.
  • Mate de Pezuña: Una variante antigua y más rara, hecha de la pezuña de vaca, reflejo del aprovechamiento de recursos en el campo.

Todos suelen ir acompañados por bombillas de alpaca o acero, pensadas para soportar el uso intensivo.

Una costumbre que se resignifica

Aunque el mate nunca dejó de consumirse, en los últimos años se observa un resurgir visible, especialmente entre los jóvenes. Ya no es solo herencia familiar: es elección, identidad y pertenencia.

En universidades y plazas se volvió habitual ver la famosa “montañita”: esa forma de acomodar la yerba inclinada hacia un costado para prolongar el sabor y evitar que se lave rápido. También creció el uso de yerbas muy molidas o de estilo “cancha” provenientes de países vecinos, que ofrecen sabores más intensos y espumas características, marcando nuevas preferencias en el paladar joven.

El mercado tomó nota. Hoy hay mates de acero inoxidable, de silicona, térmicos, con tapa, con luces LED incorporadas, personalizados con nombres o escudos. Las materas se multiplican en decenas de diseños y estilos —de cuero clásico a versiones urbanas y minimalistas— y los termos se transformaron en objetos de culto. Lo mismo ocurre con las bombillas, que van desde modelos tradicionales hasta versiones desmontables o con filtros especiales.

Esta explosión de opciones refleja que el mate volvió con todo entre los jóvenes. Hay más oferta que nunca, más marcas y propuestas, algunas innovadoras y otras que generan debate entre los más clásicos, que miran con desconfianza ciertos “inventos” modernos. Pero incluso esa discusión confirma algo: el mate está más vivo que nunca.

Las redes sociales amplificaron este fenómeno. El mate aparece en universidades, oficinas, viajes y recitales. Se personaliza, se combina con nuevas yerbas y estilos, pero conserva su esencia: compartir.

La cadena productiva de la yerba mate

El desayuno es mucho más que calentar el agua para el mate. El mate empieza a hacerse mucho antes, en el campo, con el trabajo de cientos de personas que participan en una cadena productiva que arranca en el noreste argentino.

La yerba mate se cultiva principalmente en Misiones y el norte de Corrientes. Allí, los productores implantan los yerbales, cuidan las plantas durante años —recién comienzan a rendir bien a partir del cuarto o quinto año— y realizan la cosecha, conocida como “tarefa”, entre abril y septiembre. Cada hoja que llega al paquete pasó primero por manos rurales.

Según explica el sitio de la Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa (Aapresid), el cultivo requiere manejo agronómico cuidadoso, conservación del suelo y planificación a largo plazo. No es un cultivo anual: es una plantación perenne que puede producir durante décadas si se la maneja correctamente.

Una vez cosechada, la yerba pasa por el proceso de “sapecado” (exposición rápida al calor para detener la oxidación), secado y canchado. Luego se estaciona —de manera natural o controlada— durante varios meses para desarrollar sabor y aroma. Finalmente se muele, se mezcla según el estilo de cada marca y se envasa.

El Instituto Nacional de la Yerba Mate (INYM) regula y acompaña esta cadena, que involucra productores, tareferos, secaderos, molinos, transportistas y comercios. Detrás de cada mate hay trabajo rural, industria y logística.

Por eso, cuando cebamos el primer mate del día, estamos cerrando un proceso que empezó mucho antes, en el yerbal. El vapor que sale del mate es también el resultado de una economía regional que genera miles de puestos de trabajo y forma parte de la identidad productiva argentina.

Famosos, jóvenes y fútbol: el mate en primer plano

Uno de los factores que más contribuyó a este renovado protagonismo es la exposición mediática. Futbolistas de la Selección Argentina y de clubes de todo el mundo se muestran habitualmente con sus equipos de mate, bajando de aviones, micros o ingresando a entrenamientos.

El mate acompaña concentraciones, viajes y momentos previos a los partidos. Leo Messi, Rodrigo De Paul, Ángel Di María y Julián Álvarez, entre muchos otros, lo exhiben como parte natural de su rutina. Lo mismo ocurre con músicos, actores e influencers, que lo incorporaron como símbolo de cercanía y argentinidad.

Mate for export

Y para los más cholulos, el mate también ha traspasado las fronteras argentinas y sudamericanas, siendo adoptado por famosos de diferentes lugares del mundo. Estrellas internacionales como Zoe Saldana, Jason Momoa, Chris Pratt y el hincha de San Lorenzo Viggo Mortensen, músicos como James Hetfield (Metallica) y Michael Bublé, futbolistas de la talla de Antoine Griezmann y Neymar y hasta Madonna, quienes lo adoptaron por influencia argentina o por gusto propio, convirtiéndolo en un ritual diario o antes de sus shows. 

En resumen, el mate es mucho más que una bebida

Entre el campo y la ciudad, entre la tradición y lo nuevo, el mate no solo sigue siendo una de las marcas culturales más fuertes de la Argentina, sino que se ríe de límites, reglas y fronteras. Cambian los contextos, los diseños y los protagonistas, pero la esencia permanece intacta: un gesto cotidiano que nos identifica y nos reúne.

El mate no entiende de edades ni modas pasajeras. Es pausa, charla, escucha y vínculo. En tiempos de hiperconectividad, mantiene vigente un ritual simple: cebar, pasar y compartir.

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