Cabaña El Fortín: la forma de vivir que Matías y Belén eligieron para criar a sus hijos

En Urdinarrain, Entre Ríos, Matías Schimpf y Belén Pesolano construyeron una familia alrededor del campo y de un proyecto ganadero que nació hace seis años. Sus hijos, Federico, Felipe y Mateo, crecen acompañando ese camino, entre animales, exposiciones, viajes y juegos que muchas veces reproducen el mundo que ven todos los días en su casa.

Hay familias que heredan una profesión. Otras, una empresa. Y también están aquellas que heredan, casi sin darse cuenta, una manera de entender la vida.

Hace seis años, Matías Schimpf y Belén Pesolano decidieron dar un paso más y poner en marcha Cabaña El Fortín, una empresa familiar dedicada a la producción de Limangus en Urdinarrain, Entre Ríos

El emprendimiento comenzó con la incorporación de embriones y la construcción de una base genética a partir de animales provenientes de distintas zonas productivas de Buenos Aires y Córdoba. Hoy cuentan con unas 300 madres, aproximadamente mitad Pura Controlada y mitad Pedigree, y producen entre 50 y 60 toros por año.

La elección de la raza tuvo que ver con una búsqueda productiva concreta: animales con aptitud carnicera, rusticidad y capacidad para desenvolverse en distintos ambientes.

Pero El Fortín terminó siendo bastante más que un proyecto ganadero.

Porque mientras Matías y Belén trabajan para consolidar la cabaña, Federico, Felipe y Mateo crecen dentro de ese mismo mundo.

Una infancia entre animales, viajes y exposiciones

Los chicos acompañan a sus padres desde pequeños. Las exposiciones, los viajes y las actividades de la cabaña forman parte de una rutina familiar que para ellos resulta tan natural como cualquier otra.

En los últimos años estuvieron presentes en distintas muestras de Entre Ríos, viajaron a Curuzú Cuatiá, participaron de Palermo y acompañaron a sus padres a la Nacional Limangus y a otras competencias.

En 2025 llegaron por primera vez a Palermo. En 2026 volvieron a participar y, poco antes, habían vivido otra experiencia importante en la Expo Otoño Limangus de Cañuelas.

Para llegar hasta allí recorrieron unos 350 kilómetros desde Urdinarrain. Llevaron dos animales y regresaron con resultados que volvieron a confirmar el trabajo que vienen realizando.

La vaca con cría RP 753, presentada en el lote 155, fue primera en su divisional y campeona de categoría. El joven reproductor RP 37, del lote 162, obtuvo el segundo puesto en su divisional y fue elegido Reservado Campeón.

Para Matías, cada exposición representa también una oportunidad para medir el trabajo realizado y seguir aprendiendo. Para sus hijos, en cambio, muchas veces el significado es bastante más sencillo: estar junto a sus padres, mirar animales y participar de una actividad que sienten propia.

Dos terneros que terminaron viviendo en casa

Quizás una de las escenas que mejor representa esa relación entre la familia y los animales apareció lejos de una pista de exposición.

Dos terneros quedaron huérfanos y Matías y Belén decidieron llevarlos a su casa para criarlos con mamadera.

Los bautizaron Inemari y Cantinflas.

Y para Federico, Felipe y Mateo dejaron rápidamente de ser solamente dos terneros de la cabaña.

Se convirtieron en parte de la vida cotidiana.

Los chicos los alimentan, los cuidan y pasan buena parte del tiempo con ellos. Juegan a ser jurados, cada uno tiene su favorito y hasta hay quien asume el papel de martillero durante esas particulares competencias familiares.

En uno de los videos que compartieron, los tres aparecen concentrados observando los animales y discutiendo, con la seriedad propia de quien tiene que tomar una decisión importante, cuál debería ser elegido campeón.

La escena generó comentarios y sonrisas en las redes sociales. Pero detrás de la anécdota hay algo más profundo: esos juegos no son una actividad preparada para una foto. Son simplemente una parte de la vida cotidiana de los chicos.

“Lo llevan en la sangre los tres”, contó Belén al hablar de sus hijos y de la relación que fueron construyendo con la actividad.

La ingeniera agrónoma reconoce que desde pequeños los tres estuvieron involucrados y que disfrutan acompañar a sus padres. Uno de ellos ya dice que quiere ser martillero; otro imagina un futuro como veterinario.

Todavía son chicos y seguramente tendrán tiempo para cambiar de opinión muchas veces.

Y justamente ahí está una de las claves de esta historia.

Una elección de vida

Matías y Belén no saben qué harán sus hijos cuando sean grandes. Tampoco parece ser ese el objetivo.

Lo que eligieron es otra cosa: que puedan crecer conociendo de cerca un mundo que ellos aman.

Que sepan lo que significa levantarse temprano para trabajar con animales. Que conozcan un remate, una exposición, un viaje de varios cientos de kilómetros para presentar un reproductor. Que puedan entender el valor del trabajo cotidiano y, al mismo tiempo, tengan la libertad de decidir qué camino seguir cuando llegue el momento.

Matías tuvo esa posibilidad durante su propia infancia. Creció acompañando a su padre y aprendiendo, mucho antes de saberlo, una manera de relacionarse con el campo, con el trabajo y con la familia.

Hoy, junto a Belén, decidió ofrecerles a sus hijos un contexto parecido.

El proyecto que comenzó hace seis años también se convirtió en el escenario donde transcurre buena parte de la infancia de Federico, Felipe y Mateo.

A veces es una exposición. Otras, un viaje. Algunas veces, una mamadera para un ternero huérfano.

Y muchas otras, simplemente un juego en el patio de su casa.

Mientras El Fortín sigue creciendo como cabaña Limangus, los tres chicos crecen alrededor de ella. Sin saber todavía qué harán con todo lo que están aprendiendo, pero teniendo la oportunidad de conocer desde pequeños una forma de vida que sus padres eligieron para construir su familia.

Porque El Fortín no es solamente un proyecto productivo.

También es la manera que Matías y Belén encontraron de trabajar, compartir y criar a sus hijos alrededor de aquello que forma parte de su propia historia.

El futuro también se construye en casa

Belén lo resume al hablar de estos primeros seis años de El Fortín:

“Hace seis años con Matías iniciamos este emprendimiento familiar con mucha ilusión. Hoy queremos agradecer profundamente al equipo humano que nos acompaña diariamente para brindar la mejor atención, y a los pequeños Fede, Feli y Mateo, que son el motor y la alegría de esta cabaña. ¡Seguimos trabajando con la misma pasión de siempre!”

Mientras Matías y Belén trabajan para consolidar una cabaña que ya logró hacerse un lugar en el circuito Limangus, sus hijos siguen creciendo alrededor de los animales.

A veces ayudando con una mamadera. Otras veces acompañando a sus padres en una exposición. Y algunas, simplemente jugando en el patio de su casa a ser jurados y discutir cuál de los terneros es campeón.

Son escenas cotidianas, pero cuentan una historia mucho más grande.

Matías recibió de su padre una manera de vivir y entender el campo. Hoy, junto a Belén, está haciendo lo mismo con sus hijos.

Y quizás ese sea uno de los mayores logros de El Fortín: que una pasión que comenzó mucho antes de que existiera la cabaña siga creciendo, ahora en una nueva generación.

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