En La Ganadería que Viene 2026, los investigadores de la Facultad de Ciencias Veterinarias de Tandil advirtieron sobre el fuerte impacto productivo de la sarna bovina, el avance de casos con menor respuesta a tratamientos tradicionales y la necesidad de combinar diagnóstico, bioseguridad y estrategias farmacológicas para controlar una enfermedad que volvió a ocupar un lugar central en los rodeos argentinos.

La sarna bovina dejó de ser un problema esporádico para transformarse en uno de los principales desafíos sanitarios de la ganadería argentina. Ese fue uno de los mensajes centrales que dejaron Adrián Lifschitz y Candela Cantón durante su participación en La Ganadería que Viene 2026, donde presentaron una completa actualización sobre la enfermedad, sus consecuencias productivas y las herramientas disponibles para su control.
La exposición comenzó con una mirada histórica. Lifschitz recordó que durante décadas la sarna era prácticamente una enfermedad de los libros para muchos veterinarios argentinos.
“Cuando estudiábamos en los años noventa prácticamente no veíamos casos. Sin embargo, a partir de 2015 comenzaron a aparecer brotes cada vez con más frecuencia y empezamos a observar fallas de tratamientos que históricamente habían funcionado muy bien”, explicó.

A partir de esa experiencia, el investigador planteó una pregunta clave: ¿la sarna realmente volvió o nunca se fue?
Según indicó, hoy puede considerarse una enfermedad endémica y estacional en gran parte de la zona central del país, con una incidencia creciente y pérdidas productivas que incluso superan a las provocadas por los parásitos gastrointestinales.
El impacto económico es contundente. La enfermedad genera lesiones, intenso prurito y malestar permanente en los animales, afectando el consumo de alimento y alterando el metabolismo energético.
“Dependiendo del nivel de infestación, las pérdidas pueden alcanzar entre 10 y 50 kilos por animal”, señaló.
Para ejemplificarlo, presentó estudios que muestran diferencias drásticas en las ganancias de peso entre animales sanos y animales severamente afectados por sarna.
Uno de los conceptos más importantes de la charla fue entender que la enfermedad tiene un comportamiento estacional. Durante el invierno y los períodos húmedos y fríos el ácaro encuentra las condiciones ideales para multiplicarse rápidamente, mientras que durante el verano disminuye su actividad y muchas veces pasa desapercibido.
Sin embargo, eso no significa que desaparezca.
“Los animales pueden recuperarse visualmente, pero quedan ácaros vivos que constituyen la base de infección para el otoño siguiente”, explicó.
De allí surge la importancia de los llamados tratamientos de verano, orientados a reducir la población parasitaria cuando se encuentra en niveles bajos y más vulnerables.
Lifschitz también puso especial énfasis en la necesidad de incorporar conceptos de bioseguridad que muchas veces no forman parte de la rutina ganadera.
La cuarentena de animales ingresados, el monitoreo sanitario permanente y el control de instalaciones aparecen como herramientas fundamentales para evitar la diseminación de la enfermedad.
“La principal forma de contagio es el contacto entre animales, pero los ácaros también pueden sobrevivir varias semanas en el ambiente”, advirtió.
Otro aspecto central fue el diagnóstico.
“La sarna no se diagnostica mirando los animales. Se diagnostica mediante raspajes”, afirmó.
Incluso explicó que hoy existen herramientas sencillas para realizar diagnósticos rápidos directamente en la manga utilizando lupas adaptadas a teléfonos celulares.
La detección temprana resulta determinante para el éxito de los tratamientos. Los trabajos realizados por el equipo mostraron que cuando la carga inicial de ácaros es baja, los porcentajes de curación son muy superiores a los obtenidos en rodeos donde la enfermedad ya se encuentra ampliamente instalada.
“Cuando llegamos temprano podemos negativizar más del 90% de los animales. Cuando llegamos tarde los resultados caen drásticamente”, resumió.
En la segunda parte de la presentación, Lifschitz abordó uno de los temas que más preocupa actualmente: la menor eficacia observada en algunos tratamientos tradicionales.
Si bien aclaró que no todas las fallas responden a fenómenos de resistencia, explicó que décadas de aplicaciones incorrectas, subdosificaciones y manejos inadecuados han generado una presión de selección que favorece la supervivencia de ácaros menos susceptibles.
“La resistencia es un proceso acumulativo de decisiones terapéuticas subóptimas”, sostuvo.
Por eso insistió en la necesidad de aplicar correctamente los tratamientos, respetar dosis, tratar a todos los animales del lote y evitar mezclar rodeos antes de confirmar el éxito sanitario.
Además, repasó las diferentes alternativas disponibles, desde baños y formulaciones pour-on hasta lactonas macrocíclicas tradicionales y nuevas moléculas que comienzan a incorporarse al mercado.
“La aparición de nuevos productos es una gran oportunidad, pero no son una solución mágica. Tenemos que entender que son un capital biológico que debemos cuidar”, afirmó.

La continuidad de la charla estuvo a cargo de Candela Cantón, quien trasladó toda esa información teórica a resultados concretos obtenidos en ensayos de campo.
Su mensaje fue directo: la sarna hace perder mucho dinero.
“Tenemos que lograr que el productor entienda que necesita controlar la sarna porque pierde plata todos los días que convive con ella”, señaló.
Para demostrarlo, presentó resultados de establecimientos comerciales donde los animales afectados mostraban ganancias de peso mínimas o incluso pérdidas de peso durante períodos completos de recría y engorde.
En uno de los casos analizados, novillos afectados por sarna apenas lograban ganancias de 180 gramos diarios. Luego de los tratamientos sanitarios, esas ganancias se elevaron hasta 600 gramos por día.
“Estamos hablando de diferencias enormes en kilos producidos. Y más aún en un contexto de precios históricamente altos para la hacienda”, remarcó.
Cantón también mostró ejemplos de rodeos donde las lesiones todavía no eran visibles para el ojo del productor, pero los animales ya presentaban picazón, inquietud, lamido excesivo y alteraciones de comportamiento.
“Cuando uno ve esos signos ya tiene que actuar. No puede esperar a que aparezcan las lesiones severas”, explicó.
La investigadora destacó que muchas veces debajo de un pelaje aparentemente normal ya existen costras y lesiones activas detectables mediante raspajes.
Por eso volvió a insistir en la importancia del diagnóstico precoz como herramienta clave para evitar que la enfermedad avance y genere pérdidas económicas significativas.
Como conclusión, ambos especialistas coincidieron en que el control exitoso de la sarna bovina requiere mucho más que la elección de un producto.
Diagnóstico temprano, monitoreo permanente, bioseguridad, tratamientos racionales y manejo sanitario integral aparecen hoy como los pilares fundamentales para enfrentar una enfermedad que volvió a instalarse con fuerza en los sistemas ganaderos argentinos.
“La sarna no se controla solamente con un fármaco. Se controla con estrategia, diagnóstico y manejo”, fue uno de los mensajes finales que resumió el espíritu de una de las charlas sanitarias más relevantes de La Ganadería que Viene 2026.