Incendios forestales, pérdida de biodiversidad y desequilibrios productivos vuelven a poner en primer plano el avance de especies exóticas en la Argentina. El ingeniero Juan Enrique Laddaga, docente de la UNCPBA analiza el fenómeno desde una mirada científica, histórica y desprovista de simplificaciones, y plantea los desafíos del control y la convivencia en sistemas ya transformados.

La introducción de especies exóticas en los ecosistemas argentinos no es un fenómeno reciente ni excepcional. Así lo explica el ingeniero Juan Enrique Laddaga, docente de la Facultad de Agronomía de la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires (UNICEN), especializado en ciencias forestales y agrometeorología. “Desde tiempos inmemoriales, con los movimientos de la humanidad de un territorio a otro, las personas han ido llevando tanto especies animales como vegetales”, señala.
Según el especialista, este proceso respondió históricamente a múltiples necesidades humanas. “Se introdujeron especies para leña, alimentación, animales de trabajo, montes de reparo o incluso por razones culturales y de arraigo”, explica. En muchos casos, agrega, la llegada fue accidental: crónicas del siglo XIX ya registran la aparición de especies exóticas como los cardos, transportados involuntariamente junto con otras actividades productivas.
Laddaga subraya que la condición de exótica no implica, por sí misma, un impacto negativo. Enfatiza que muchas plantas que hoy son fundamentales en la alimentación y la cultura de distintos países también fueron exóticas en su momento, citando ejemplos emblemáticos como el tomate americano incorporado a la cocina italiana o los zapallos sudamericanos difundidos en Europa.
En el caso argentino, el fenómeno es aún más evidente. “La gran mayoría de las plantas que cultivamos son exóticas”, afirma. Trigo, avena, soja, girasol, la mayoría de los frutales y gran parte de las hortalizas consumidas en el país no son originarias de la región pampeana. Algo similar ocurre con las gramíneas forrajeras: festuca, raigrás y tréboles blanco y rojo forman parte del paisaje productivo actual, pese a su origen foráneo.
Un ejemplo de esta dinámica es el tamarisco. “En nuestra zona se utilizó para fijar caminos, dunas o como monte de reparo, y no se comporta de manera invasiva”, señala Laddaga. Sin embargo, en zonas áridas del país, como algunas regiones de Cuyo, su avance sobre humedales y lagunas ha generado impactos ambientales relevantes. Otra especie sumamente complicada es la acacia negra, que avanza de manera muy rápida y exige estrategias de control.


En las zonas serranas, en cambio, otras especies presentan mayores dificultades. “Las retamas son un caso claro: si bien florecen y parecen atractivas, van quitando espacio a las especies nativas y forrajeras, generando un problema de biodiversidad”, explica el docente, al describir procesos de desplazamiento que afectan la estructura de estos ambientes.
Laddaga hace especial mención la falta de valoración de los pastizales pampeanos y bosques nativos. Si bien las especies que se introducen sirven como forrajeras, en la zona pampeana este proceso deja de lado un tapiz vegetal de especies que han evolucionado en el lugar durante miles de años, adaptándose al clima y los suelos. Estos procesos también se ven en muchas regiones donde se desplaza el monte nativo, como el sur de la provincia de Buenos Aires, La Pampa o el Chaco Seco, para desarrollar cultivos.
La situación se repite en el ámbito de la fauna. “La liebre que vemos en nuestra región no es autóctona, es europea”, remarca, y menciona otros casos conocidos como los jabalíes, la ardilla roja asiática en Provincia de Buenos Aires o los castores en Tierra del Fuego. En particular, destaca que el jabalí, introducido inicialmente en cotos de caza, hoy genera daños productivos y ambientales en distintas regiones del país.
En la actualidad, uno de los focos de mayor preocupación se encuentra en el sur argentino, tras los incendios forestales. La propagación de los pinos exóticos no solo acelera el avance del fuego por su madera resinosa, sino que después del incendio sus semillas germinan mucho más rápido que las especies nativas, como se ha visto en la zona de Epuyén tras los incendios de años anteriores, y los actuales. «Necesitamos contar con una Ley de Bosques más dura que proteja estas zonas y no incentive que las tierras se incendien intencionalmente», enfatiza el entrevistado.
Frente a este escenario, el ingeniero Laddaga adopta una postura prudente y realista. “Revertir completamente la situación original es prácticamente imposible”, afirma. En su lugar, propone avanzar hacia estrategias de convivencia y control, tratar de manejar estas poblaciones para que no tengan un avance desmedido. Es un desafío complejo, con muchos factores en juego, pero es el camino más viable.












