De herramienta indispensable del gaucho a pieza de colección codiciada en el mundo. Un recorrido por la evolución de los filos criollos, sus secretos de forja y por qué hoy el acero artesanal es una de las inversiones más valiosas de la cultura argentina

Desde los orígenes de nuestra patria, el cuchillo ha sido mucho más que una herramienta para el gaucho; fue su «tercer brazo». Introducido por los conquistadores y adaptado a la dureza de la llanura, el acero criollo se forjó entre la necesidad del trabajo ganadero y la defensa del honor. Mientras que para el hombre de ciudad es un utensilio de cocina, en el campo argentino define una identidad.
Los Guardianes del Acero: La diversidad de formas responde a funciones específicas. El Facón, símbolo de autoridad y defensa, destaca por su hoja larga y su guarda en cruz. El Cuchillo Criollo, más versátil, es el compañero inseparable del asado y las tareas diarias. Para los trabajos de precisión como la castración o el picado de tabaco, el pequeño Verijero se porta con orgullo en la cintura, mientras que el imponente Caronero, oculto bajo el recado del caballo, servía para las faenas más pesadas o los enfrentamientos a distancia.
De Herramienta a Patrimonio: Hoy, el negocio de la cuchillería ha trascendido lo utilitario. Vivimos un renacimiento de la forja artesanal. Lo que antes se hacía con elásticos de carruajes o limas viejas, hoy se produce con aceros de Damasco y empuñaduras de materiales preciosos como plata, alpaca y maderas exóticas. Los cuchillos se han convertido en activos de inversión y objetos de colección buscados en ferias internacionales (como la Rural de Palermo), donde piezas de maestros artesanos pueden valer cientos de miles de pesos. Poseer un cuchillo hoy no es solo tener un filo; es preservar un pedazo de historia viva que se hereda de generación en generación.

