Niños y niñas que bailan, cantan o tocan instrumentos tradicionales vuelven a poner en escena algo más profundo que un talento precoz: la continuidad cultural del interior productivo. Entre tranqueras, guitarras y escenarios, el folklore sigue latiendo como parte esencial de la identidad nacional

Hay escenas que no necesitan explicación. Un chico zapateando con firmeza sobre el piso de tierra. Una nena que abraza la guitarra casi más grande que su cuerpo. Una voz infantil que entona una zamba con una seguridad que sorprende. No es solo gracia ni simpatía. Es pertenencia.
En tiempos donde la inmediatez digital parece uniformarlo todo, en los pueblos y parajes del interior argentino ocurre algo silencioso pero potente: la tradición no se interrumpe. Se transforma, se adapta, pero sigue viva. Y muchas veces, encuentra en los más chicos a sus mejores embajadores.
El folklore en el ámbito rural no es una actividad extracurricular más. Es parte del paisaje. Así como se aprende a andar a caballo, a distinguir los tiempos del campo o a respetar los ciclos productivos, también se aprende —o mejor dicho, se incorpora— la música y la danza que cuentan la historia de esa tierra.
En muchas familias rurales, la guitarra está siempre a mano. Las reuniones, las peñas, los actos escolares y las fiestas patronales funcionan como espacios de transmisión cultural. Allí, los niños no solo observan: participan. Bailan, zapatean, afinan, preguntan, imitan. Y en ese proceso natural, la tradición se vuelve experiencia propia.

En el último tiempo, además, hay un fenómeno que se repite en todo el país. En los grandes festivales folklóricos, pero también en los más pequeños —los de plaza, club o escuela—, las redes sociales y los medios se llenan de imágenes de chicos y chicas que suben al escenario a bailar chacarera, a zapatear malambo o a cantar una zamba. Esas escenas se viralizan, emocionan y generan miles de comentarios. No son hechos aislados: forman parte de una presencia cada vez más visible de las nuevas generaciones en la escena folklórica.
Lo interesante es que hoy esa expresión ya no queda solo en el ámbito local. Lo que antes se vivía en el club del pueblo ahora circula por Instagram, Facebook o TikTok en cuestión de minutos. Padres, docentes, academias y organizadores comparten orgullosos esos momentos. La tecnología, lejos de borrar la identidad, muchas veces la proyecta y la multiplica.
Detrás de cada paso y de cada acorde hay algo más profundo: arraigo. En un contexto donde el campo enfrenta desafíos productivos, económicos y demográficos, la cultura aparece como un ancla. La identidad compartida fortalece el sentido de pertenencia y reafirma que el interior no es solo un espacio de producción, sino también un territorio simbólico.

La transmisión del folklore en el ámbito rural no responde a una estrategia formal. No se planifica como una política pública ni como una campaña. Ocurre en lo cotidiano: en la sobremesa, en la radio prendida desde temprano, en los ensayos para un acto escolar, en la fiesta del pueblo. Es una herencia que se comparte sin solemnidad, pero con enorme profundidad.
Y cuando un niño o una niña baila, canta o toca un instrumento tradicional con naturalidad, no está actuando un personaje. Está expresando una identidad que creció con él o con ella. Está mostrando que la cultura del campo no es una pieza de museo, sino un organismo vivo.
Así como el sector agropecuario habla de sustentabilidad para referirse al cuidado del suelo y los recursos, también podría pensarse en una sustentabilidad cultural. Porque no hay futuro productivo sólido sin comunidad, sin memoria y sin valores compartidos.
En definitiva, entre tranqueras y escenarios improvisados, entre guitarras gastadas y bombos legüeros, el folklore sigue encontrando nuevas generaciones dispuestas a hacerlo propio. Y en esos chicos que bailan, cantan o afinan sus primeros acordes, el campo argentino no solo proyecta producción: proyecta identidad.



