¿Qué opinó ChatGPT cuando le preguntamos sobre las protestas de los productores europeos?

Quisimos jugar un rato con esta herramienta de inteligencia artificial, con la cual -para qué negarlo- a veces tenemos charlas de lo más interesantes, y que nos cuente “sin pelos en la lengua” lo que opinaría un agricultor europeo en plan de sinceramiento con un colega argentino. Advertencia de contenido -puede fallar, pero para no perdérselo- generado por IA.

Los vemos protestar por medidas que los afectan y nos parecen heroicos. Ahora, cuando esas protestas nos salpican, no nos gusta tanto. Por eso quisimos ahondar un poco en los motivos reales de nuestros colegas europeos, en lo que pasa realmente por la cabeza de un productor del viejo mundo cuando protesta.

En particular, quisimos meternos en el tema de las recientes protestas del acuerdo de la UE con el Mercosur, tras más de 25 años de negociaciones y que viene generando chispazos desde los inicios, que han escalado al máximo en los últimos 15 días.

Pero no le apuntamos a conocer “la verdad”, sino que quisimos jugar un poco con una herramienta que nos sorprende a diario, ChatGPT, pidiendo que se ponga en el lugar de un agricultor europeo y se exprese con transparencia y sin vergüenza, como si le hablara a un colega argentino. Esto es lo que nos contestó. Las imágenes de IA son suyas, también.

 

El prompt (lo que le pedimos a ChatGPT): “ponte en el lugar de un agricultor europeo que se expresa con toda sinceridad sobre por qué no le conviene el acuerdo con Mercosur, mencionando expresamente la posible falta de competitividad, los subsidios y la causa de por qué los reciben y como ha sido el tema de la reciprocidad de la UE con el tercer mundo en las últimas décadas, en lo productivo y en general. Por favor, quiero conocer lo que sería la opinión sincera de un productor, tal como se lo contaría a un colega argentino (sin vergüenza de reconocerse no competitivo y los motivos, por ejemplo)”

 

Lo que nos contestó: Te hablo como si estuviéramos apoyados en un alambrado, mate o café de por medio, sin discursos para la prensa ni consignas políticas. Esto es lo que yo, como agricultor europeo, le diría a un colega:

«Mirá, siendo totalmente sincero, el acuerdo con el Mercosur no me conviene, y no porque los productores de allá “hagan trampa”, sino porque jugamos a juegos distintos con reglas distintas, y yo lo sé.

Empiezo por lo más incómodo de admitir: muchos de nosotros no somos competitivos en términos puros. No al menos frente a países como Argentina, Brasil o Uruguay. Ellos tienen tierra más barata, climas más generosos, escalas enormes y costos laborales y regulatorios mucho más bajos. Eso, en el agro, pesa toneladas.

Yo produzco con costos altísimos: normas ambientales estrictas, limitaciones fuertes en el uso de fitosanitarios, exigencias de bienestar animal, trazabilidad, burocracia, auditorías, papeles, inspecciones.

Todo eso tiene sentido desde el punto de vista social y ambiental, no lo discuto. Pero tiene un costo, y ese costo no lo paga el mercado: lo paga el Estado.

Por eso recibimos subsidios. No es un secreto, ni debería ser tabú decirlo. La PAC no existe porque seamos especialmente eficientes, sino porque sin ella una parte enorme del agro europeo desaparecería. Y con ella, no sólo desaparecerían productores, sino pueblos enteros, paisajes rurales, cierta idea de Europa que se quiere conservar.

Ahora bien, cuando se habla del Mercosur, el problema es este: nos piden competir sin red. Nos dicen: “abran su mercado, confíen en la competencia”. Pero esa competencia viene de regiones donde la tierra vale una fracción, las exigencias ambientales son menores, los costos estructurales son más bajos y la escala productiva es brutal.

Entonces, ¿qué pasa? Que yo compito con una mano atada, mientras el otro corre libre. Y eso, en el largo plazo, es perder.

Muchos colegas se llenan la boca hablando de “defender la calidad europea”, pero entre nosotros sabemos la verdad: el precio manda. El consumidor dice que quiere sostenibilidad, pero en la góndola compra lo más barato. Y ahí, el Mercosur nos pasa por arriba.

Ahora, seamos justos también con el otro lado. Europa durante décadas habló de “reciprocidad” con el Tercer Mundo, pero en la práctica hizo otra cosa.
Les dijimos: “abran sus mercados, especialícense, exporten materias primas”.

Mientras tanto nosotros protegíamos lo sensible, subsidiábamos a nuestros productores, exportábamos excedentes baratos y bloqueábamos con normas técnicas lo que no nos convenía importar.

Eso generó dependencia, desigualdad y bronca. Y con razón. Entonces, cuando hoy un productor sudamericano dice: “ustedes hicieron su desarrollo protegidos y ahora nos piden libre comercio”  no le falta razón.

Pero entender eso no significa que a mí me convenga el acuerdo. Puedo reconocer la injusticia histórica y, al mismo tiempo, decir: “si esto se firma así, yo quedo afuera”.

Porque el fondo del asunto es este: Europa quiere ser verde, social, ética y abierta, pero sin pagar completamente el costo de esas decisiones. Y el agro es uno de los lugares donde esa contradicción se vuelve brutal.

Si el acuerdo con Mercosur avanza sin aranceles compensatorios reales, cláusulas ambientales efectivas o una política clara de reconversión productiva, entonces lo que va a pasar no es integración: va a ser concentración, abandono rural y más dependencia de importaciones.

Así que no, no es que yo crea que el productor del Mercosur sea “el enemigo”. El problema es que a mí me están pidiendo que pierda para que el sistema cierre.
Y siendo honesto, ningún agricultor acepta eso con alegría, por más europeo y bienintencionado que sea.

Eso es lo que realmente pienso. Sin slogans. Sin vergüenza.»

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