“Argentina depende de esos tres alumnos”: Victoria Zorraquín y una fuerte defensa de la educación rural

Magíster en Educación, investigadora, escritora y fundadora de EDUCERE, Victoria Zorraquín lleva más de 25 años trabajando por la mejora de la educación. En diálogo con ZonaCampo, puso el foco en las escuelas rurales, el rol de los docentes, la necesidad de fortalecer las comunidades del interior y el vínculo inseparable entre educación y desarrollo agropecuario. “Cada docente rural haciendo patria en algún rincón, le transforma la vida a esos alumnos”, sostiene.

Hay personas que convierten una preocupación en una causa. En el caso de Victoria Zorraquín, esa causa es la educación.

Magíster en Educación, investigadora y escritora especializada en la temática, Zorraquín es además fundadora de EDUCERE, una asociación civil sin fines de lucro que desde hace más de 25 años desarrolla programas educativos gratuitos para escuelas y comunidades.

En 2025 publicó No aprendimos nada, editado por El Ateneo, un libro que generó un fuerte debate alrededor de uno de los problemas más sensibles del sistema educativo argentino: la dificultad de muchos chicos para aprender a leer y comprender textos en los primeros años de la escuela.

Su mirada parte de una convicción: la educación no puede esperar.

Y cuando esa discusión se traslada al ámbito rural, su preocupación adquiere una dimensión todavía mayor. Porque para Zorraquín, una escuela perdida en medio del campo no es una institución pequeña ni secundaria. Es, muchas veces, el corazón de una comunidad y una herramienta fundamental para sostener el futuro productivo de una región.

“La educación rural es un bastión para nuestro país”

“Primero, la educación rural es un bastión para nuestro país y para nuestra provincia”, afirma durante la entrevista con ZonaCampo.

Y enseguida pone en palabras el trabajo silencioso de miles de docentes que desarrollan su tarea lejos de los grandes centros urbanos.

“Cada docente rural haciendo patria en algún rincón, le transforma la vida a esos alumnos”, sostiene.

Para Zorraquín, hablar de educación rural implica necesariamente hablar también de infraestructura, conectividad y caminos. Son factores que, en el interior productivo, están profundamente relacionados.

“Argentina tiene que plantearse la importancia de esto”, señala.

La especialista cuestiona especialmente la mirada que reduce la relevancia de una escuela a la cantidad de alumnos que concurren diariamente.

“Cuando ponemos eso en números en un sistema educativo, hay algún funcionario que te puede decir: ‘son tres alumnos’, ‘son cinco alumnos’. Mirá, la verdad que Argentina depende de esos tres alumnos, de esos cinco alumnos, porque la fuerza de nuestro campo está ahí”.

La frase resume buena parte de su pensamiento. Para Zorraquín, esos pocos alumnos no son solamente niños que viven en una zona rural: son parte de las futuras generaciones que van a sostener una actividad productiva estratégica para el país.

“Si nosotros no podemos darle excelente educación a esas personas que están haciendo posible el desarrollo de nuestro país, ¿qué estamos pensando, qué estamos mirando?”, se pregunta.

Una escuela que muchas veces da “el batacazo”

Hay otro aspecto de las escuelas rurales que Zorraquín reivindica especialmente: el vínculo entre la institución, los docentes, los alumnos y la comunidad.

Según explica, esa cercanía puede convertirse en una fortaleza educativa.

“Vos sabés que las pruebas Aprender siempre te sorprenden con los resultados de la educación rural, porque donde hay comunidad, donde hay eso que a veces en las escuelas suburbanas es muy difícil, la verdad que la escuela rural da el batacazo”.

El seguimiento personalizado aparece como otra de las características distintivas.

“Casi que tienen en las escuelas rurales las señas con los chicos”, explica, en referencia al conocimiento profundo que los docentes pueden alcanzar sobre cada alumno y su realidad.

Para Zorraquín, esa cercanía demuestra que no todo pasa por la cantidad de recursos o por el tamaño de una institución. También importa la capacidad de construir una comunidad alrededor de la escuela.

Y en ese punto defiende especialmente a quienes están al frente de las aulas.

“Siempre hay gente que no está comprometida, por supuesto, pero son muchos más los que sí están comprometidos”, afirma.

El problema empieza mucho antes de la secundaria

La conversación inevitablemente conduce a uno de los temas que Zorraquín viene planteando con mayor insistencia: la alfabetización inicial.

Su diagnóstico es contundente. Considera que durante las últimas décadas el sistema educativo argentino se alejó de conocimientos aportados por la ciencia y las neurociencias acerca de cómo aprende el cerebro.

“Hace más o menos unos 30 años hemos dejado de mirar lo que dice la ciencia, mirar lo que dicen las neurociencias, de cómo hace nuestro cerebro para aprender a leer, para aprender matemática”, sostiene.

En particular, cuestiona que en algunas escuelas todavía existan enfoques que desalientan la enseñanza explícita de las letras y sus sonidos.

“Los humanos necesitamos, porque nuestro cerebro no viene cableado para leer, que se nos enseñe algo tan simple como las letras y los sonidos”, explica.

Y advierte sobre las consecuencias de no hacerlo a tiempo.

“Llegan al tercer grado sin poder leer, sin poder comprender, y en tercer grado un chico es demasiado grande para que trates de enseñarle lo que es esencial”.

Para la especialista, aprender a leer no es simplemente una habilidad necesaria para aprobar la escuela. Es una herramienta básica para desenvolverse en la vida.

“Para que salga a la vida y mire un cartel y no logre entender qué está leyendo, o qué dice ese cartel”, ejemplifica.

Del aula rural a un campo cada vez más tecnológico

El planteo adquiere todavía más importancia cuando se observa hacia dónde está avanzando el sector agropecuario.

La producción actual exige conocimientos cada vez más sofisticados. Tecnología, genética, maquinaria, agricultura de precisión, manejo de información, drones y toma de decisiones forman parte de una actividad que se transforma rápidamente.

“Hoy en el agro, vos lo estás viendo acá, cada trabajador va a necesitar saber de tecnología, de genética, tomar decisiones, manejar drones y cosas que a mí se me pierden”, dice Zorraquín.

Pero antes de incorporar cualquier tecnología aparece una condición básica.

“Primero necesitás saber leer y necesitás las cuatro operaciones. Sin eso no podés avanzar en la vida”.

Para una actividad que necesita incorporar nuevas generaciones al trabajo rural y agropecuario, la escuela ubicada en el territorio adquiere así un valor estratégico.

No se trata solamente de formar alumnos. Se trata de preparar a las personas que van a vivir, trabajar y tomar decisiones en el lugar donde se genera buena parte de la riqueza del país.

“Acercate a la escuela”

En este punto, Zorraquín les habla directamente a los productores agropecuarios.

Su propuesta no es esperar únicamente respuestas del Estado. También plantea una participación más activa de las comunidades productivas.

“Siempre que le hablo a los productores agropecuarios digo: che, tu vida, la vida de todos los que tenemos algo que ver con el agro, depende de cada una de esas personas que trabaja con nosotros, que va a esa escuela del lugar y necesita que esa escuela sea de vanguardia”.

Y propone una acción concreta:

“Acercate a la escuela, preguntale a esa directora cómo la podés ayudar, qué programas le podés acercar, tratá de ayudarla”.

La especialista sostiene que muchas veces existe una voluntad de cambio dentro de las propias instituciones que no encuentra los canales necesarios.

“Los directores y los docentes quieren cambiar. Y a veces el sistema no los deja. No se los permite”.

¿Se puede cambiar rápidamente?

Ante la pregunta sobre cuánto tiempo llevaría revertir los problemas actuales si mañana se produjera un cambio profundo en el sistema educativo, Zorraquín no responde desde el pesimismo.

Por el contrario, menciona experiencias de provincias que, según señala, ya comenzaron a modificar sus sistemas de enseñanza.

“Hay varias provincias que reaccionaron ya. San Luis, Chubut, Corrientes, Chaco. Hay provincias que reaccionaron, rearmaron su sistema y están a toda velocidad cambiando estos principios y esta forma”.

Y destaca un aspecto que considera fundamental: la respuesta de las propias comunidades.

“Los docentes están felices, las familias están felices”.

Para los primeros años de la primaria, considera que una transformación puede producir resultados relativamente rápidos.

“Si cambiás el sistema de base, primero, segundo y tercer grado lo podés reconvertir rápidamente”.

Para los alumnos que ya atravesaron esos primeros años con dificultades, en cambio, propone una especie de plan de emergencia educativo.

“Argentina tendría que hacer como un plan, casi como se hizo en la posguerra”, plantea.

La idea, explica, sería concentrar durante un período intensivo los esfuerzos en dos conocimientos fundamentales: comprensión de textos y matemática básica, en todos los niveles.

“Que cualquiera de nuestros alumnos escriba maravillosamente, pueda comunicarse por escrito y oralmente maravillosamente”.

La escuela rural como parte de una comunidad

Más allá de los métodos de enseñanza, Zorraquín vuelve una y otra vez a la idea de comunidad.

En las escuelas rurales, esa característica puede ser todavía más visible. Allí, la institución educativa suele tener una relación directa con las familias, los productores, los trabajadores y las organizaciones de la zona.

Por eso considera que el campo tiene también una responsabilidad en la discusión educativa.

“Creo mucho en nuestros docentes, creo en nuestras familias, creo en nuestros productores”, afirma.

Su planteo parte de una lógica sencilla: si quienes viven y producen en un territorio consideran que la educación de sus chicos es una prioridad, pueden convertirse también en actores del cambio.

“Si les mostramos a los gobiernos locales que queremos algo distinto, los gobiernos van a terminar cambiando”.

Una discusión que excede a la escuela

Para Zorraquín, el problema educativo argentino no puede quedar encerrado entre las paredes de las escuelas ni ser responsabilidad exclusiva de docentes y funcionarios.

“La educación tiene que convocar como temática, y necesitamos que el ciudadano común haga de esto una prioridad”, sostiene.

Y propone una meta concreta: “Que todos los niños en Argentina en primer grado sepan leer y escribir y hacer operaciones matemáticas”.

Porque, según su mirada, el sistema educativo no cambia solamente cuando cambia una política pública. También cambia cuando la sociedad empieza a exigir determinados resultados.

“Si todos lo hacemos, la clase política no va a poder mirar para otro lado”, afirma.

En el caso de la educación rural, esa exigencia adquiere además una dimensión territorial. Cada escuela que funciona, cada docente que permanece y cada chico que aprende representa una posibilidad de futuro para una comunidad.

Por eso, cuando Zorraquín dice que “Argentina depende de esos tres alumnos”, no está hablando solamente de una matrícula escolar.

Está hablando de la decisión de un país de no dejar a nadie atrás por vivir lejos de una ciudad.

Y también de entender que, para el campo argentino, la educación no es un tema secundario: es parte de la infraestructura necesaria para construir el futuro.