A los 26 años, Belén Sigmaringo encontró en la fotografía una manera de unir dos pasiones que la acompañan desde chica: el campo y la comunicación. Pero su diferencial no está solamente detrás de una cámara. Hija de una familia vinculada a la ganadería, formada en Diseño Gráfico, Publicidad, Diseño UX/UI y marketing, entiende el mundo de las cabañas desde adentro y piensa cada imagen no solo por cómo se ve, sino también por lo que tiene que comunicar, dónde va a utilizarse y a quién busca llegar.

Hay fotógrafos que llegan al campo para aprender a fotografiar animales. En el caso de Belén Sigmaringo, el camino fue diferente: primero estuvo el campo y después llegó la cámara como una nueva herramienta para contar ese mundo.
A quien muchos conocen como “Bela”, la ganadería la acompaña desde chica. Creció dentro de una familia vinculada a la actividad y esa experiencia le permitió desarrollar un conocimiento que hoy considera fundamental para su trabajo: entender qué está mirando cuando tiene un animal delante, qué características vale la pena destacar y qué cosas pueden hacer que una comunicación funcione o, por el contrario, jueguen en contra.
La fotografía apareció también temprano. A los 9 años pidió su primera cámara, pero el verdadero clic llegó durante la pandemia, cuando se fue a vivir al campo. Allí comenzó a combinar sus distintas inquietudes y encontró una forma de trabajar con dos mundos que siempre había querido unir.
Para entonces ya se había formado en Diseño Gráfico y Publicidad, y posteriormente incorporó conocimientos de Diseño UX/UI, marketing y comunicación. Esa formación terminó convirtiéndose en una parte central de su manera de trabajar.
Porque cuando Bela toma una fotografía, la cámara no es necesariamente el primer elemento que aparece en su cabeza.
También piensa para qué se va a utilizar esa imagen, en qué formato, qué tiene que transmitir y cómo va a llegar al público. Si se trata de un video, piensa en la estructura del guion y en cómo mantener la atención. Si es un catálogo, analiza qué necesita comunicar la cabaña. Si es contenido para redes, piensa en cómo esa pieza puede integrarse a una estrategia más amplia.
“Me gusta pensar mucho más allá de la cámara”, resume.
Ese conocimiento del sector y su formación profesional son, para ella, parte de un mismo diferencial: no solamente registrar lo que sucede, sino entender qué hay detrás y ayudar a comunicarlo de manera integral.
Y esa mirada tiene una raíz mucho más profunda.
“Desde chica crecí en un ambiente de campo. Ahí aprendí el valor de la raíz, la tradición, el amor por lo simple y por nuestro país. Y eso también forma parte de mi mirada a la hora de fotografiar”.
Desde ahí se entiende mejor qué busca cuando se para frente a un reproductor, entra a una pista de jura o acompaña a una cabaña durante un remate.
Porque para Bela, fotografiar ganadería no consiste solamente en conseguir una buena imagen.
Consiste en saber qué se está mirando, por qué vale la pena mostrarlo y cómo hacer que una fotografía pueda contar todo lo que existe detrás.

La foto que busca un cabañero
¿Qué tiene que pasar para que una foto de un reproductor sea “la foto” que busca un cabañero?
Para Bela no existe una única respuesta. Cada cabaña tiene algo diferente que contar y cada animal también.
En una fotografía de catálogo, su primera preocupación es que la imagen represente fielmente al animal. Busca que se vea moderado, equilibrado y profundo. Y antes de disparar, observa.
“Primero miro el fenotipo del animal que tengo enfrente y, en base a sus características, busco la mejor manera de mostrarlo”, explica.
Mira sus líneas, sus aplomos, si es más liviano o pesado adelante, su frame. A partir de esa lectura decide desde dónde ubicarse y a qué altura tomar la fotografía.
No es un detalle menor. La posición del fotógrafo puede modificar completamente aquello que transmite una imagen.
Después viene la puesta en escena del propio animal. La pata del lado de la cámara hacia atrás, la contraria un poco más adelante, las manos alineadas, las líneas correctas, las patas bien posicionadas y la cabeza hacia arriba, aunque sin exageración.
Incluso la expresión tiene su lugar.
La posición de la cabeza, cuenta, también depende del gusto del cliente. Algunos prefieren el perfil completo; otros buscan una mirada más frontal y otros una inclinación de 45 grados hacia el lado de la cámara.
Todo responde a una misma búsqueda: que la imagen sea atractiva, pero principalmente fiel.
Porque detrás de una fotografía de catálogo hay algo más que estética.
“Al final, no se trata solamente de hacer una imagen linda, sino de generar confianza: que quien la vea sienta que ese animal es realmente el que va a encontrar cuando llegue al campo”.
Para Bela, esa idea también implica ponerse del otro lado. Pensar como cliente y entender que quizás esa fotografía sea la primera —y en algunos casos la mejor— referencia que alguien tenga sobre un animal antes de verlo personalmente.
Y de esa imagen pueden surgir negocios.

Cuando la fotografía deja de ser catálogo
Pero no todas las fotografías que hace tienen como objetivo mostrar un reproductor.
Hay otro tipo de imágenes en las que la pregunta ya no es solamente cómo mostrar un animal, sino cómo contar lo que está sucediendo alrededor.
En esos casos, parte nuevamente de lo que tiene enfrente. El campo, la naturaleza, la gente, los valores y ese trabajo silencioso y constante que muchas veces queda fuera de la mirada de quienes solamente ven el resultado.
“Busco expresar la pasión por lo que hacemos y el lugar desde donde lo hacemos”, cuenta.
La fotografía, entonces, se transforma en una herramienta para narrar.
Busca los ángulos, encuadres y composiciones que permitan contar mejor una situación. Que la imagen no sea simplemente linda, sino que pueda transmitir algo y llevar a quien la mira hasta ese lugar.
Esa mirada también tiene una raíz personal.
“Desde chica crecí en un ambiente de campo. Ahí aprendí el valor de la raíz, la tradición, el amor por lo simple y por nuestro país. Y eso también forma parte de mi mirada a la hora de fotografiar”.
Quizás por eso, cuando habla de su trabajo, Bela suele referirse menos a la cámara y más a lo que existe alrededor de ella.
Todo lo que no aparece en la foto
En una pista de jura todo ocurre rápido. No hay posibilidad de pedirle al animal que repita el movimiento o esperar indefinidamente por una segunda oportunidad.
“El mayor desafío es estar atento a todo. En la pista todo pasa muy rápido y no hay segundas oportunidades”.
La foto final, sin embargo, suele esconder buena parte del trabajo.
El público ve una imagen. No ve las horas de espera, la búsqueda del mejor lugar, el intento de anticiparse a lo que puede suceder ni el esfuerzo por entender la dinámica de una jura para capturar un instante que quizás dure apenas unos segundos.
Y tampoco ve lo que ocurre después.
Cuando termina la producción, para Bela la jornada está apenas a mitad de camino. Queda seleccionar, editar y entregar. Y muchas veces hacerlo en un plazo muy corto, porque las cabañas necesitan publicar el material prácticamente durante el mismo día del remate o de la exposición.
La presión por llegar a tiempo modifica incluso la rutina personal.
Volver tarde, no descansar, dejar de lado momentos sociales para encerrarse a editar. Todo forma parte de un trabajo que desde afuera puede parecer tan simple como “sacar fotos”.
Pero hay otra particularidad: la fotografía de animales exige estar permanentemente atento a algo que no se puede controlar por completo.
El animal se mueve. El momento cambia. La luz cambia. La situación cambia.
Y el fotógrafo tiene que reaccionar.

Una fotografía también puede mostrar años de trabajo en genética
Para Bela, una buena fotografía puede agregar valor a un animal porque también puede ayudar a contar el trabajo que existe detrás.
Detrás de cada reproductor hay años de selección genética, decisiones, inversión y trabajo. Una imagen puede hacer visible parte de ese recorrido.
“Una fotografía tiene la responsabilidad de hacer visible todo ese recorrido. Creo que ese es su verdadero valor”.
En tiempos donde buena parte de la comunicación pasa primero por los ojos, la fotografía adquirió además un peso comercial evidente.
Las redes sociales se convirtieron en una herramienta central para las cabañas y los remates, y una buena imagen puede ser determinante para captar la atención de un potencial cliente.
Lo mismo ocurre con los catálogos.
La fotografía no reemplaza la información genética, los datos productivos ni las características del animal. Pero sí puede ser la puerta de entrada para que alguien se detenga a mirar.
Y en ese primer segundo, la imagen tiene que funcionar.

La foto que la hizo frenar
Entre todas las imágenes que hizo, hay algunas que quedaron especialmente marcadas. Y, curiosamente, no necesariamente son las más perfectas desde el punto de vista técnico.
Hace poco, mientras editaba fotografías del Gran Campeón de Palermo, tuvo que detenerse.
No por una cuestión de luz, encuadre o técnica.
Por lo que la imagen le hizo recordar.
“Mientras las miraba, volví a sentir exactamente la emoción que había en ese momento. Entendí que esas imágenes no hablaban solamente de un premio, sino de años de esfuerzo resumidos en un abrazo”.
Esa escena terminó de explicar algo que aparece en varias de sus respuestas: para Bela, una fotografía vale por aquello que transmite.
Seleccionar entre cientos o miles de imágenes puede ser una de las tareas más difíciles. Para decidir, hay una pregunta que la ayuda: qué transmite cada foto, cuál es la historia que hay detrás y si la imagen consigue reflejarla.
La técnica importa. La luz, el encuadre y una correcta calibración de la cámara también.
Pero una vez que esos elementos están resueltos, aparece lo que para ella termina definiendo una buena fotografía.
La emoción.
“En mis fotos no busco solamente una imagen bonita. Busco que transmitan lo que está sucediendo, que puedan expresar y comunicar algo”.
Por eso, las imágenes que más la marcan son aquellas capaces de contar algo incluso sin necesidad de explicación.
Mucho más allá de la cámara
Quizás ahí aparece una de las características que mejor explican el camino que eligió Bela.
Su trabajo no termina en la fotografía.
Su formación en Diseño Gráfico, Publicidad, Diseño Web, UX/UI y marketing le permite pensar cada imagen dentro de un sistema de comunicación más amplio.
Cuando realiza una toma, no piensa solamente en cómo se verá. También piensa para qué se va a utilizar, en qué formato, qué tiene que comunicar y cómo llegará al usuario.
Con un video ocurre algo similar. Puede pensar en la estructura del guion, qué mostrar, cómo organizar el material y cómo generar una pieza que resulte atractiva y consiga mantener la atención.
Por eso, actualmente también acompaña a algunos clientes en la forma de comunicar sus proyectos.
Pensar qué contenido necesitan, cómo mostrarlo, desarrollar piezas gráficas, catálogos, identidad visual, contenidos para redes, estrategias de comunicación y sitios web son parte de esa propuesta.
“La idea es que todas esas herramientas trabajen en conjunto y que la comunicación tenga un mismo criterio, desde una fotografía hasta una pieza gráfica o una página web”.
Su objetivo es ampliar ese trabajo y acompañar a más empresas del sector.
Pero antes de pensar en herramientas, hay algo que considera fundamental: conocer al cliente.
Entender su historia, su forma de trabajar, qué quiere transmitir y a quién quiere llegar.
Recién después aparece la pregunta sobre qué herramientas son las mejores para comunicarlo.
“Creo que ahí está una parte importante de lo que puedo aportar: no solamente registrar lo que sucede, sino entenderlo y ayudar a comunicarlo de manera integral”.
El próximo objetivo
Después de Palermo, Bela no piensa detenerse.
Quiere seguir creciendo junto a las cabañas que confían en ella, recorrer más lugares del país y seguir documentando historias dentro de la ganadería.
También tiene una meta concreta: cubrir exposiciones a nivel internacional.
Pero hay una frase que probablemente explique mejor que cualquier objetivo hacia dónde quiere llevar su trabajo.
“Más que fotografiar la ganadería argentina, siento que documento el resultado de años de trabajo, de decisiones y de personas que aman profundamente lo que hacen”.
No se trata solamente de fotografiar animales.
Se trata de entenderlos. De saber qué mostrar. De conocer la historia de quienes están detrás. De anticipar el instante. De elegir una imagen entre cientos. De editar cuando los demás ya terminaron su jornada.
Y, finalmente, de conseguir que quien vea una fotografía pueda percibir algo de todo aquello que ocurrió antes de que se disparara la cámara.
Quizás por eso su definición final tenga más que ver con una historia personal que con una profesión.
“En lo personal, también significa cumplir una aspiración que tengo desde hace muchos años: poder unir mis dos pasiones”.



