A los 26 años, Belén Sigmaringo encontró en la fotografía una manera de unir dos pasiones que la acompañan desde chica: el campo y la comunicación. Diseñadora de formación y vinculada familiarmente a la ganadería, comenzó a fotografiar animales durante la pandemia y hoy recorre el país exposiciones y cabañas por todo el país. Después de llegar a la pista de Palermo, se propone seguir creciendo en un oficio en el que, asegura, no alcanza con hacer una imagen técnicamente perfecta: hay que entender qué se está mirando y, sobre todo, qué historia hay detrás.

Hay una primera cámara que llegó a sus manos cuando tenía apenas 9 años. Y hay una profesión que apareció mucho después, casi como consecuencia de haber encontrado una manera de unir dos mundos que siempre habían formado parte de su vida.
Belén Sigmaringo, a quien muchos conocen como Bela, estudió Diseño Gráfico, se formó en Publicidad, Diseño UX/UI, marketing y comunicación. Pero el campo estuvo presente desde mucho antes. Aunque durante una etapa de su vida vivió en Buenos Aires y sentía que ese mundo estaba un poco lejos, siempre supo que quería encontrar una forma de trabajar vinculada a él.
La fotografía terminó siendo ese punto de encuentro.
Su vínculo con la ganadería también tiene raíces familiares. Su familia está ligada desde hace generaciones a la actividad y continúa trabajando en el mejoramiento genético a través de Cabaña La Legua. Pero el verdadero clic con la fotografía aplicada al campo llegó durante la pandemia, cuando se fue a vivir al campo y comenzó a combinar todo aquello que hasta entonces parecía formar parte de caminos diferentes.
Primero fueron las imágenes del día a día y la necesidad de mostrar el trabajo de la cabaña. Después llegaron los remates, las pistas de jura, las exposiciones y, finalmente, Palermo.
Hoy, con 26 años, Bela mira ese recorrido con cierta sorpresa. Palermo, dice, nunca había sido un sueño porque jamás imaginó que iba a llegar hasta ahí. Su objetivo ahora es otro: seguir creciendo junto a las cabañas que confían en su trabajo, recorrer más lugares del país y documentar historias que merecen ser contadas.
Pero para entender qué busca cuando levanta una cámara frente a un reproductor, hay que ir un poco más allá de la fotografía.

La foto que busca un cabañero
¿Qué tiene que pasar para que una foto de un reproductor sea “la foto” que busca un cabañero?
Para Bela no existe una única respuesta. Cada cabaña tiene algo diferente que contar y cada animal también.
En una fotografía de catálogo, su primera preocupación es que la imagen represente fielmente al animal. Busca que se vea moderado, equilibrado y profundo. Y antes de disparar, observa.
“Primero miro el fenotipo del animal que tengo enfrente y, en base a sus características, busco la mejor manera de mostrarlo”, explica.
Mira sus líneas, sus aplomos, si es más liviano o pesado adelante, su frame. A partir de esa lectura decide desde dónde ubicarse y a qué altura tomar la fotografía.
No es un detalle menor. La posición del fotógrafo puede modificar completamente aquello que transmite una imagen.
Después viene la puesta en escena del propio animal. La pata del lado de la cámara hacia atrás, la contraria un poco más adelante, las manos alineadas, las líneas correctas, las patas bien posicionadas y la cabeza hacia arriba, aunque sin exageración.
Incluso la expresión tiene su lugar.
La posición de la cabeza, cuenta, también depende del gusto del cliente. Algunos prefieren el perfil completo; otros buscan una mirada más frontal y otros una inclinación de 45 grados hacia el lado de la cámara.
Todo responde a una misma búsqueda: que la imagen sea atractiva, pero principalmente fiel.
Porque detrás de una fotografía de catálogo hay algo más que estética.
“Al final, no se trata solamente de hacer una imagen linda, sino de generar confianza: que quien la vea sienta que ese animal es realmente el que va a encontrar cuando llegue al campo”.
Para Bela, esa idea también implica ponerse del otro lado. Pensar como cliente y entender que quizás esa fotografía sea la primera —y en algunos casos la mejor— referencia que alguien tenga sobre un animal antes de verlo personalmente.
Y de esa imagen pueden surgir negocios.

Cuando la fotografía deja de ser catálogo
Pero no todas las fotografías que hace tienen como objetivo mostrar un reproductor.
Hay otro tipo de imágenes en las que la pregunta ya no es solamente cómo mostrar un animal, sino cómo contar lo que está sucediendo alrededor.
En esos casos, parte nuevamente de lo que tiene enfrente. El campo, la naturaleza, la gente, los valores y ese trabajo silencioso y constante que muchas veces queda fuera de la mirada de quienes solamente ven el resultado.
“Busco expresar la pasión por lo que hacemos y el lugar desde donde lo hacemos”, cuenta.
La fotografía, entonces, se transforma en una herramienta para narrar.
Busca los ángulos, encuadres y composiciones que permitan contar mejor una situación. Que la imagen no sea simplemente linda, sino que pueda transmitir algo y llevar a quien la mira hasta ese lugar.
Esa mirada también tiene una raíz personal.
“Desde chica crecí en un ambiente de campo. Ahí aprendí el valor de la raíz, la tradición, el amor por lo simple y por nuestro país. Y eso también forma parte de mi mirada a la hora de fotografiar”.
Quizás por eso, cuando habla de su trabajo, Bela suele referirse menos a la cámara y más a lo que existe alrededor de ella.
Todo lo que no aparece en la foto
En una pista de jura todo ocurre rápido. No hay posibilidad de pedirle al animal que repita el movimiento o esperar indefinidamente por una segunda oportunidad.
“El mayor desafío es estar atento a todo. En la pista todo pasa muy rápido y no hay segundas oportunidades”.
La foto final, sin embargo, suele esconder buena parte del trabajo.
El público ve una imagen. No ve las horas de espera, la búsqueda del mejor lugar, el intento de anticiparse a lo que puede suceder ni el esfuerzo por entender la dinámica de una jura para capturar un instante que quizás dure apenas unos segundos.
Y tampoco ve lo que ocurre después.
Cuando termina la producción, para Bela la jornada está apenas a mitad de camino. Queda seleccionar, editar y entregar. Y muchas veces hacerlo en un plazo muy corto, porque las cabañas necesitan publicar el material prácticamente durante el mismo día del remate o de la exposición.
La presión por llegar a tiempo modifica incluso la rutina personal.
Volver tarde, no descansar, dejar de lado momentos sociales para encerrarse a editar. Todo forma parte de un trabajo que desde afuera puede parecer tan simple como “sacar fotos”.
Pero hay otra particularidad: la fotografía de animales exige estar permanentemente atento a algo que no se puede controlar por completo.
El animal se mueve. El momento cambia. La luz cambia. La situación cambia.
Y el fotógrafo tiene que reaccionar.

Una fotografía también puede mostrar años de genética
Para Bela, una buena fotografía puede agregar valor a un animal porque también puede ayudar a contar el trabajo que existe detrás.
Detrás de cada reproductor hay años de selección genética, decisiones, inversión y trabajo. Una imagen puede hacer visible parte de ese recorrido.
“Una fotografía tiene la responsabilidad de hacer visible todo ese recorrido. Creo que ese es su verdadero valor”.
En tiempos donde buena parte de la comunicación pasa primero por los ojos, la fotografía adquirió además un peso comercial evidente.
Las redes sociales se convirtieron en una herramienta central para las cabañas y los remates, y una buena imagen puede ser determinante para captar la atención de un potencial cliente.
Lo mismo ocurre con los catálogos.
La fotografía no reemplaza la información genética, los datos productivos ni las características del animal. Pero sí puede ser la puerta de entrada para que alguien se detenga a mirar.
Y en ese primer segundo, la imagen tiene que funcionar.

La foto que la hizo frenar
Entre todas las imágenes que hizo, hay algunas que quedaron especialmente marcadas. Y, curiosamente, no necesariamente son las más perfectas desde el punto de vista técnico.
Hace poco, mientras editaba fotografías del Gran Campeón de Palermo, tuvo que detenerse.
No por una cuestión de luz, encuadre o técnica.
Por lo que la imagen le hizo recordar.
“Mientras las miraba, volví a sentir exactamente la emoción que había en ese momento. Entendí que esas imágenes no hablaban solamente de un premio, sino de años de esfuerzo resumidos en un abrazo”.
Esa escena terminó de explicar algo que aparece en varias de sus respuestas: para Bela, una fotografía vale por aquello que transmite.
Seleccionar entre cientos o miles de imágenes puede ser una de las tareas más difíciles. Para decidir, hay una pregunta que la ayuda: qué transmite cada foto, cuál es la historia que hay detrás y si la imagen consigue reflejarla.
La técnica importa. La luz, el encuadre y una correcta calibración de la cámara también.
Pero una vez que esos elementos están resueltos, aparece lo que para ella termina definiendo una buena fotografía.
La emoción.
“En mis fotos no busco solamente una imagen bonita. Busco que transmitan lo que está sucediendo, que puedan expresar y comunicar algo”.
Por eso, las imágenes que más la marcan son aquellas capaces de contar algo incluso sin necesidad de explicación.
Mucho más allá de la cámara
Quizás ahí aparece una de las características que mejor explican el camino que eligió Bela.
Su trabajo no termina en la fotografía.
Su formación en Diseño Gráfico, Publicidad, Diseño Web, UX/UI y marketing le permite pensar cada imagen dentro de un sistema de comunicación más amplio.
Cuando realiza una toma, no piensa solamente en cómo se verá. También piensa para qué se va a utilizar, en qué formato, qué tiene que comunicar y cómo llegará al usuario.
Con un video ocurre algo similar. Puede pensar en la estructura del guion, qué mostrar, cómo organizar el material y cómo generar una pieza que resulte atractiva y consiga mantener la atención.
Por eso, actualmente también acompaña a algunos clientes en la forma de comunicar sus proyectos.
Pensar qué contenido necesitan, cómo mostrarlo, desarrollar piezas gráficas, catálogos, identidad visual, contenidos para redes, estrategias de comunicación y sitios web son parte de esa propuesta.
“La idea es que todas esas herramientas trabajen en conjunto y que la comunicación tenga un mismo criterio, desde una fotografía hasta una pieza gráfica o una página web”.
Su objetivo es ampliar ese trabajo y acompañar a más empresas del sector.
Pero antes de pensar en herramientas, hay algo que considera fundamental: conocer al cliente.
Entender su historia, su forma de trabajar, qué quiere transmitir y a quién quiere llegar.
Recién después aparece la pregunta sobre qué herramientas son las mejores para comunicarlo.
“Creo que ahí está una parte importante de lo que puedo aportar: no solamente registrar lo que sucede, sino entenderlo y ayudar a comunicarlo de manera integral”.
Una profesión que empezó a unir dos pasiones
La historia tiene, finalmente, un componente personal.
Bela siempre sintió una conexión con el campo. Aunque durante años lo vivió desde cierta distancia porque residía en Buenos Aires, sabía que quería dedicarse a algo relacionado con ese mundo.
Por eso estudió Diseño Gráfico. La idea era encontrar, algún día, una manera de fusionar ambas cosas.
La fotografía también estaba presente desde chica. A los 9 años pidió su primera cámara, pero el verdadero punto de inflexión llegó durante la pandemia, cuando se fue a vivir al campo.
Allí comenzó a combinar todo lo que le gustaba.
Y, casi sin darse cuenta, empezó una nueva etapa.
Hoy, poder trabajar de esto significa cumplir una aspiración que tenía desde hacía una década: encontrar una profesión que le permitiera trabajar con las dos cosas que siempre le gustaron.
El campo y la comunicación.
La cámara terminó siendo el puente.
El próximo objetivo
Después de Palermo, Bela no piensa detenerse.
Quiere seguir creciendo junto a las cabañas que confían en ella, recorrer más lugares del país y seguir documentando historias dentro de la ganadería.
También tiene una meta concreta: cubrir exposiciones a nivel internacional.
Pero hay una frase que probablemente explique mejor que cualquier objetivo hacia dónde quiere llevar su trabajo.
“Más que fotografiar la ganadería argentina, siento que documento el resultado de años de trabajo, de decisiones y de personas que aman profundamente lo que hacen”.
No se trata solamente de fotografiar animales.
Se trata de entenderlos. De saber qué mostrar. De conocer la historia de quienes están detrás. De anticipar el instante. De elegir una imagen entre cientos. De editar cuando los demás ya terminaron su jornada.
Y, finalmente, de conseguir que quien vea una fotografía pueda percibir algo de todo aquello que ocurrió antes de que se disparara la cámara.
Quizás por eso su definición final tenga más que ver con una historia personal que con una profesión.
“En lo personal, también significa cumplir una aspiración que tengo desde hace muchos años: poder unir mis dos pasiones”.



