Al paso de los criollos, por el corazón de la Patagonia

En enero de 2026, la Marcha de Criadores de Caballos Criollos “Fernando Font Estrugamou” se desarrolló en El Calafate, recorriendo estancias y paisajes patagónicos durante seis días a caballo. Más de 200 jinetes formaron parte de una experiencia que combina tradición, esfuerzo y encuentro. Entre ellos estuvo Candelaria García Llorente, quien cuenta la travesía desde adentro, mientras la historia y el sentido profundo de la Marcha se enlazan con su origen, su espíritu solidario y su carácter federal.

Durante seis días, el tiempo parece desacelerarse. El ritmo lo marca el caballo, el paisaje se vuelve protagonista y la vida cotidiana queda lejos. Así se vive la Marcha de Criadores de Caballos Criollos “Fernando Font Estrugamou”, una de las experiencias más emblemáticas del calendario criollo argentino, que en enero de 2026 tuvo como escenario los paisajes imponentes de El Calafate, en plena Patagonia.

Pero más allá de los kilómetros recorridos y de la exigencia física, la Marcha se entiende mejor cuando se la cuenta desde adentro. Así la vivió Candelaria García Llorente, una joven amazona porteña con raíces profundamente rurales, que decidió sumarse a esta travesía movida por el amor a los caballos y por una forma de vida ligada al campo.

 

Una marcha con historia y sentido

La Marcha lleva el nombre de Fernando Font Estrugamou, quien la inició hace 35 años junto a un grupo de amigos con una idea tan simple como profunda: generar una actividad alrededor del caballo criollo que incluyera a la familia, los amigos y el tiempo compartido. “No se trataba de competir ni de llegar primero, sino de caminar juntos”, explica Elena Cataldi Fleming, presidenta de la Comisión de la Marcha de Criadores de Caballos Criollos.

Cataldi Fleming, también presidenta de la Comisión de Responsabilidad Social de la Asociación de Criadores de Caballos Criollos (ACCC) y fundadora de la Fundación de Equinoterapia del Azul, forma parte del equipo organizador desde hace una década, junto a la familia Bravo Roveda y un amplio grupo de colaboradores. Todos trabajan de manera voluntaria y sin fines de lucro, sosteniendo una tradición que se renueva en cada edición.

Uno de los rasgos distintivos de la Marcha es su carácter itinerante. No tiene sede fija: cambia de provincia año tras año, buscando recorrer distintas regiones del país. En los últimos años pasó por Jujuy, Salta, Córdoba, Buenos Aires, Chubut, Neuquén y, en esta edición, Santa Cruz. “La idea es conocer la Argentina a caballo, llegar a lugares icónicos, con historia y geografías increíbles, y que cada marcha tenga la impronta del lugar”, resume Cataldi Fleming.

 

Una vida entre la ciudad y el campo

Candelaria divide hoy sus días entre Buenos Aires y Saladillo. En el campo familiar acompaña a su padre en las tareas cotidianas: trabajar con las vacas, ir a la manga, ordenar el galpón, mantener el parque. “Básicamente estoy ahí para darle una mano en lo que necesite”, cuenta con naturalidad, como quien habla de algo que forma parte de su rutina desde siempre.

En los tiempos libres, su vida gira alrededor de los caballos. Amansar potrillos es una de sus pasiones y también un aprendizaje constante. “Al principio el trabajo es más de observación, de vínculo, de entenderlos. Después voy entrando de a poco en el contacto. Es un proceso que me encanta y del que aprendo todo el tiempo”, explica.

A ese vínculo se suma su emprendimiento personal, Calandria, donde produce de manera artesanal carteras, chalecos de cuero, bolsos de viaje y collares. “Es un proyecto muy ligado a lo que soy y a lo que me gusta”, define. Criada en una familia numerosa —doce hermanos, nueve mujeres y tres varones, y ya 35 sobrinos—, el campo es también un espacio de encuentro. “A todos nos gusta el campo, somos muy unidos y siempre estamos compartiendo”, resume.

El origen de la Marcha

La Marcha de Criadores de Caballos Criollos lleva el nombre de Fernando Font Estrugamou, quien la inició hace 35 años junto a un grupo de amigos. La idea original fue tan simple como profunda: generar una actividad alrededor del caballo criollo que incluyera a la familia y a los amigos. “Antes eran actividades más individuales. Esto buscaba compartir alrededor del caballo y todo lo que pasa cuando uno camina junto a otros”, explica Elena Cataldi Fleming, presidenta de la Comisión de la Marcha.

Desde hace diez años, la organización está a cargo de una comisión integrada por Cataldi Fleming y la familia Bravo Roveda, junto a un amplio equipo de colaboradores. Todos trabajan de manera voluntaria y sin fines de lucro, con un objetivo común: sostener una tradición viva, transmitir valores y sembrar en las generaciones que vienen el espíritu de la camaradería, el trabajo en equipo y la solidaridad.

Una marcha que recorre el país

La Marcha no tiene sede fija. Cada año cambia de escenario, recorriendo distintas regiones del país. En los últimos años pasó por Jujuy, Salta, Córdoba, varias ediciones en Buenos Aires, Chubut, Neuquén y, en esta oportunidad, Santa Cruz. “Buscamos llegar a lugares icónicos, con historia y geografías increíbles. Cada marcha tiene la impronta del lugar”, señala Cataldi Fleming.

En El Calafate, la Patagonia impuso su carácter. La travesía duró seis días y cada jornada implicó recorrer entre 25 y 30 kilómetros a caballo, avanzando despacio, respetando el ritmo del animal y atravesando estancias, ríos, estepa y caminos abiertos.

 

El día a día, contado desde adentro

Al mediodía, la marcha se detenía en plena naturaleza. El campamento llegaba en camionetas y armaba el almuerzo en pocos minutos. “Había asado, sándwiches, fruta y algo para tomar. Vos buscabas dónde sentarte: al lado del río, porque hacía calor y se podía tomar agua; al lado de tu caballo, que estaba comiendo; o bajo algún árbol, recostado sobre el recado”, relata Candelaria.

Después del almuerzo, muchos aprovechaban para una breve siesta antes de volver a ensillar. No había mesas ni horarios rígidos. La pausa se vivía como un momento simple y compartido, en contacto directo con el paisaje y los caballos.

Para Candelaria, llegar a la Marcha fue cumplir un sueño. “Hace tiempo veía las historias de criadores que la hacían todos los años y siempre decía: yo la quiero hacer, yo la quiero vivir”, recuerda. El proyecto tomó forma junto a una amiga chilena, Josefina Campos. Ella cruzó desde Santiago de Chile; Candelaria viajó desde Buenos Aires. El punto de encuentro fue El Calafate y el lazo, el amor por los caballos.

Vida de campamento

Las jornadas no terminaban al bajar del caballo. En esta edición, los participantes durmieron siempre en carpa, llevando cada uno su equipo personal. La travesía comenzó con dos noches en la estancia Anita, continuó con dos noches en Chorrillo Malo, una en Nibepo Aike y una última nuevamente en Anita para cerrar la cabalgata.

Al llegar a cada campamento, tras desencillar, algunos armaban una picada junto a la carpa y otros se acercaban al espacio común. Más tarde llegaba la cena —cordero, guisos bien calientes— y después la guitarreada, el baile y las charlas largas bajo el cielo patagónico. “Ahí es donde todo se ordena y se disfruta de verdad”, resume Candelaria.

Tradición y solidaridad

La Marcha tiene además una impronta solidaria. La cantina que funciona durante la cabalgata se destina a beneficio de la Fundación de Equinoterapia del Azul, que desde hace 20 años trabaja en rehabilitación e inclusión de personas con discapacidad a través del caballo. Y cuando el balance lo permite, la organización colabora con instituciones sin fines de lucro de las localidades visitadas, dejando una huella concreta a su paso.

En esta edición participaron alrededor de 280 jinetes de 19 provincias argentinas y también visitantes extranjeros. Las edades reflejan el espíritu del encuentro: desde una amazona de 3 años hasta un jinete de 85. Abuelos, hijos y nietos ensillando juntos.

Mucho más que una cabalgata

Para Candelaria, el caballo es “un animal dócil, franco, noble, y con muchas ganas de seguir aprendiendo”, pero también un maestro. “Nos enseña algo muy lindo: a aprender nosotros de ellos”, dice.

Treinta y cinco años después de su inicio, la Marcha Fernando Font Estrugamou sigue creciendo. Cambian los paisajes y las geografías, pero el espíritu permanece intacto. Porque hay tradiciones que no se conservan guardándolas, sino viviéndolas. Y hay experiencias —como esta travesía por la Patagonia— que confirman que el país se entiende distinto cuando se lo recorre al paso del caballo criollo.

 

Fotos: Candelaria García Llorente I Tomas León

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