Rodeado de vecinos, clientes y amigos de toda una vida, Leandro Grasso y familia brindaron el último remate formal de la icónica cabaña de Gardey, Los Ceibos. Salió a la venta todo el plantel angus y hereford, pero en palabras del anfitrión, “se cierra una etapa que dará comienzo a una nueva”

El del 30 de abril no fue un remate más. En la cabaña Los Ceibos, sobre la Ruta 226 km 185,5 en el acceso a Gardey, se cerró una historia de más de cuarenta años de trabajo sostenido, de decisiones tomadas a la intemperie y de una forma de entender la ganadería que se construye día a día. Leandro Grasso y su familia eligieron despedirse como vivieron: con la tranquera abierta, rodeados de gente cercana y con el campo como escenario principal.
No hubo estridencias, siempre el bajo perfil habitual de la familia, pero sí una emoción que se hacía evidente en cada lote que salía a la venta. Se liquidó todo el plantel Angus y Hereford, 187 animales entre toros y vientres, años de selección, de aciertos y de aprendizajes, que encontraron continuidad en manos de clientes y amigos de toda la vida.

Referentes de las asociaciones de Angus y Hereford dijeron presente, entregando reconocimientos a quien hizo tanto por el mejoramiento de ambas razas, algo poco habitual en una cabaña de escala “boutique” que, incluso, dedicó décadas a la cría de Shorthorn (que liquidó en un remate el año pasado)
“Se cierra una etapa que dará comienzo a una nueva, pero antes quiero agradecer a todos los que me acompañaron en este día tan especial, clientes, amigos, proveedores y una mención especial para mi familia Laura, Magdalena y Luisina que fueron y son el sostén de mi vida, y también un agradecimiento especial a mis colaboradores, Gustavo Martinez, Juana Quiroga, Manuel Miquelarena, Ramiro Alberti, Fabian Yeffal, Rodrigo Turry Menchon, Gervasio Sáenz Valiente y equipo, Pedro Alonso; Julio González y Luis. A todos muchas GRACIAS!” fue el emotivo mensaje publicado por Leandro en las redes de la cabaña, que así y todo no logra capturar lo vivido en el momento.
Los Ceibos no terminó en ese remate: cambió de forma. Queda en la memoria de quienes acompañaron el camino, en los rodeos que llevan su genética y en las historias compartidas al pie de los corrales. Después de más de cuatro décadas, el balance no se mide sólo en números, sino en vínculos construidos y en el respeto ganado. Y eso, lejos de liquidarse, permanece.






















