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El "loco" Tasso

Daniel Lecointre nos trae un relato imperdible sobre uno los personajes más famosos de Olavarría y una pintura perfecta de los velorios de otra época 

Por Daniel Lecointre, para Zona Campo. 

Los velorios "divertidos", el loco y la fidelidad de un amigo

La mañana tenía todo el aspecto de haber nacido tranquila, bucólica, y sin sobresaltos. De esas mañanas que uno desearía para toda la vida. Mis hermanos y yo, buscando la lechera, ensillando un petiso vichoco, que era nuestra silla. O simplemente jugando, éramos chicos. 


En eso estábamos cuando los gritos pelados de mama nos sobresaltó. -``Vengan…rápido…rápido, dijo la radio que murió la tía fulana y la entierran a las once. Avísenle a papá. Corran…corran que yo me voy cambiando-´´ 

Papa detuvo el tractor (en el cual pasaba diez horas, todos los días de Dios, en el aburrimiento ensordecedor del viejo Deutz. Los potreros y las rastras de dientes, ya le iban llenando los pulmones de tierra. Una de las joyas amadas en el campo era la radio. A las ocho menos cuarto ``daban los muertos´´ como decía tia Anita. A esa hora se la ponía cerca de la ventana, se sintonizaba cuidadosamente el dial, con precisión de cirujano, hasta que aparecía clara y nítida, LU32. para escuchar ``las sociales´´ como en misa. No se podía ni toser y menos cuando daban el apellido. Única forma de enterase si algún conocido había tenido la ocurrencia de morirse, de nacer o de casarse.

A los pocos minutos la Ford 62 ya iba levantando una nube de polvo, tan apurada como nosotros. ``Tenemos que llegar un rato antes…queda mal aparecerse cuando ya la están sacando´´ se escuchó.


Claro…
solo se habían podido bañar los viejos, no había tiempo para todos. Mama alzaba la ropa de los tres ``niños´´ y dos toallas, una mojada y una seca. Con la mojada repasaba las seis orejas, los cachetes, las manos como peludos. Y con la seca nos refregaba hasta dejarnos brillosos. Sacaba la ropa sucia, ponía la de salir y seguía con las partes bajas. Sin entrar en detalles, calzoncillos, pantalones, medias y zapatos. Todo eso, en una cabina simple, a los barquinazos, apretados como sardinas y a toda velocidad. 


A las diez estábamos estacionando en la calle España, bien peinaditos y empapados en perfume. Papa y mama, como corresponde, con caras de circunstancia. Nosotros felices de la vida, porque nos encontraríamos con todos los primos y teníamos asegurada una mañana de juegos y camorras. 


Cuando íbamos sin tanto apuro, entrabamos por la calle Belgrano, donde estaba la casa de familia. Carmelo Blando era nuestro tío. Casado con Marcela Tasso, hermana de mi abuela Florinda. Era una estancia en el medio de la ciudad. Una puerta grande, el pasillo largo, las habitaciones al costado, un gran ventanal dejaba ver el patio, después el comedor y la cocina. Una cocina a leña dominaba el ambiente, cálida y generosa como los tíos, con el horno y la plancha repleta de café con leche, o comida para el que guste. 


Era lindo, cómodo, uno abría la puerta y estaba en el patio, abrías la otra y ya eras uno más del velorio. A las doce, haciendo el camino al revés, en un segundo estabas en la mesa, tironeando una costilla de cordero.


Unos años antes…en ese lugar, el espectáculo era mucho más bello y guarro (tengamos en cuenta que los velorios aún no se hacían allí, se montaban en los hoteles o en las casas del occiso). A un lado estaba el galpón de los carruajes (quitándole el triste objetivo de su existencia) eran imponentes, perfectos, misteriosos, bonitos. El negro sin macula de la madera y la pana de los habitáculos. Nosotros entrabamos corriendo por una puerta y salíamos por la otra cuando jugábamos a las escondidas, haciendo renegar a los empleados que los estaban lustrando. Y había para elegir. Los servicios eran de primera y estándar. Había que tener dos juegos completos de coches. El principal, el de las coronas y dos de acompañantes. Si era un angelito, el coche era blanco. Cuando la empresa se motorizo, los viejos coches siguieron estando unos años más en las cocheras. 


Al otro lado estaban los caballos. Percherones inmensos, de color azabache. Todos machos y sin capar. En la noche quieta, desde la cocina y el patio se escuchaban sus pasos como un pisón. Las herraduras y el adoquín del establo rompían lindamente el silencio. Había olor a alfalfa, a viruta, a fluido. Era el campo perfumando la ciudad. 


A la mañana temprano llegaban los peones y empezaba la fiesta. No era fácil lidiar con esas bestias. Bien comidos, sin actividad, y rebalsados de hormonas, tenían a mal traer a esos hombres. Se veían las bocas espumosas, patadas abalanzos y mordiscones. Había que cepillarlos prolijamente hasta espejarlos, y ponerle betún en los vasos. Después se uncían a los carros que ya estaban en la calle. 


Una vez, vi al pobre Benito, viejo caballerizo y conductor llevando a uno de la rienda, era más alto él, cuando el equino sacudió la cabeza, enojado, Benito flameaba de un lado al otro sin tocar el suelo. Se accionaban los frenos y trababan las ruedas por temor a que dispararan…un día lo hicieron. El cochero desesperado corría como un poseído, imaginando peatones aplastados y coches destruidos. Los caballos conocían de memoria el camino, llegaron a la esquina y doblaron, iban buscando la San José. El pobre chófer logro treparse al carro y detener la carrera. Otro infierno era la espera frente a la iglesia. Los pobres hombres rogaban a Dios que el padre estuviera apurado, y responso fuera corto. Mientras los tranquilizaban con terrones de azúcar, acomodaban los penachos y sus altas galeras inestables. 


El personaje

Al fondo de la cochera había una habitación, en ella moraba Humberto Torcuato Tasso, hermano de la dueña de casa y de mi abuela. Todos los que tengan más de cincuenta lo conocieron. No se podía andar por las calles de Olavarria sin encontrarlo, formaba parte del paisaje. Acarreaba un trastorno cerebral que apareció en su adolescencia. Casi nadie conocía su nombre, todos le decía ``el loco Tasso´´ 

Se lo veía siempre con una libreta y un lápiz, caminando hacia atrás y anotaba los números de patente de todos los autos que pasaban. No sé por qué ni cuando nació esa manía. Era verdad que había tenido una novia, lo que lo no era cierto ni tenia rigor científico era el cuchicheo de las viejas, cuando decían que le habían hecho ``un daño´´ al cebarle un mate con ciertas cosas. Lo verídico, es que cuando la chica lo dejo el hiso un brote, y perdió el quicio para siempre. A pesar de eso, se podía entablar una conversación. El juicio lo acompañaba, siempre y cuando el interlocutor no se burlara. 



El hecho y las circunstancias

Hace unos años nomas, a nadie se le ocurría cerrar un velorio para irse a dormir. Al muerto se lo acompañaba toda la noche. Se lo velaba (que quiere decir, cuidar las velas) y a no olvidarse que los deudos y amigos comían bien, por eso no faltaban los sándwiches de miga, y ni en broma se mezquinaban los salames, el jamón y la galleta, el whisky para los hombres, y licor de anís para las damas. 


Al fondo del salón, en una de esas ruedas de diálogos sin apuro, esperando que amaneciera, estaban mi padre, Vilanova, Omar y el Negrito Gamondi, los viejos Tasso, Y los tíos del campo, Jorge y Cacho. Hacía rato que la charla giraba alrededor de un vicio y una pasión que tenían en común con el dueño de casa. Fue ahí, que el viejo Carmelo conto esta historia. 


``- En la época que hacíamos los servicios con caballos, yo tenía cuatro o cinco hombres fijos, toda gente muy buena. Y de vez en cuando traía algún hombre, para una changa específica. Entre ellos sabia venir un paisano que había sido monta cuando joven. Una porquería, camorrero, borracho, violento, pero sabía errar y tusar muy bien-´´ 


``- No sé cómo se había agenciado de una chica. Era muy bonita. Ella primero lo busco por amor, después siguió por amor y miedo, al último solo estaba con él por miedo. Con los años, uno de mis empleados se había enamorado de ella. A la mujer le paso lo mismo. La pobrecita se acostumbró al buen trato, al respeto, a la ternura-´´ ``-Antes de almorzar y a la tardecita, al paisano solo se lo podía encontrar en el boliche de fulano, nunca cometía el pecado de faltar. Esos eran los momentos en que los enamorados daban rienda suelta a la pasión, bajo la sombra fiel del temor a ser descubiertos. Para eso necesitaban un cómplice que los ayudara, que les cuidara la espalda. Mi empleado y Torcuato eran amigos. El hombre confió en mi cuñado y le dio la tarea de vigilar el bar. ``si llega a salir antes, vos, anda corriendo y avísame. Ya sabes donde es el rancho, yo voy a estar con ella´´ le rogo-´´ 


`- Torcuato puso toda su lucidez y cuidado en la misión que le había encargado su amigo. Él lo quería mucho, porque lo trataba con respeto, de igual a igual. Se sentaba en el cordón de la vereda, a una distancia prudencial del objetivo a custodiar, nunca tuvo que actuar… Hasta que un día algo paso en el boliche y el paisano salió apurado buscando la calle-´´ 


``- La cabeza de Torcuato amago a quedarse en blanco del susto, pero al instante se aclaró y salió corriendo a salvar al amigo. Dejo atrás un montón de cuadras. De vez en cuando detenía la carrera para mirar hacia atrás, iba soñando con el marido y la daga, que siempre brillaba en su espalda. Así llego a un lindo ranchito, bien pintado de blanco, con el techo y las puertas verdes. Creyó más atinado dar la vuelta por el patio y asomarse a una ventana. Por el chanfle descuidado de una cortina, vio una hermosa mujer desnuda. No sé si conocía ese misterio o fue la primera y única vez. El éxtasis lo detuvo unos segundos, cuando se recuperó golpeo la persiana, y dijo. ``- guarda, que ahí viene fulano-´´


``-Todo salió bien, el amigo le agradeció la gauchada con unas golosinas y un abrazo. No nos olvidemos que era un hombre, pero también un niño. No sé si habrá pasado un año o dos, el asunto es que un coche atropello a la chica y la mato. Por su puesto, le hicimos el servicio aquí a la pobrecita (Carmelo sepulto a media Olavarria, sin cobrarles un peso) Yo no me di cuenta de las cosas-´´ Siguio la voz de Carmelo-``…ignoraba esa historia de amor. Nos llamó la atención la poca demostración del marido. A media noche se escuchaba las risotadas y los comentarios guarangos del viudo. Recuerdo si, verlo muy compungido a mi empleado…estuvo toda la noche cerca de ella. Yo pensé que era la circunstancia nomas. Después me entere que Humberto lo fue a abrazar para consolarlo y casi lo hace quebrar. El hombre se lo saco suavemente de encima, y mi cuñado entendió-´´


"-A la mañana siguiente, mi empleado estaba complicado. Dicen, los que lo observaron mejor, que cuando agarro las riendas y se acomodó en las alturas del pescante, tenía la cara corrida de lugar, iba llorando. Como pudo termino la tarea, soportando la tentación de gritarle su amor. Cuando todos no íbamos marchando del lugar, buscando las vereditas sombreadas de cementerio, él se volvió y disimuladamente le dejo dos flores, una en cada florerito-´´


``-Pasaron los años, y seguíamos llevando gente a ese lugar, (yo no me daba cuenta) pero me dijeron los otros compañeros que solía desaparecer un segundo y corría para llevarle las dos florcitas a su amor-´´ 


``- Después se jubiló, y a los años murió. Un día, tomando mate con los empleado del cementerio municipal, me comentaron``- el que viene seguido es tu cuñado. Nosotros lo peleamos y lo hacemos renegar. Siempre trae tres flores, quien sabe dónde las dejara -el loco- dijo uno de ellos´´- Yo no sabía de ese ritual en su vida. A la tarde cuando lo encontré en la cochería lo interrogue. Ahí me entere de algunos detalles más de ese amor que no podía ver el sol. ``-¿y para quien llevas esas tres flores?-´´ agacho la cabeza y me contesto``una para mi amigo, las otras dos para ella´´ y porque dos para ella le pregunte. ``Porque él me dijo que ella estaba embarazada´´ me respondió-


´´ Una mañana, Humberto, estaba sentado en una sillita al fondo de la cochera. Los empleados le hacían los chistes y bromas de todos los días pero, pero hoy no se enojaba. Cuando se acercaron, intrigados, se dieron cuenta que estaba muerto. A alguien le toco juntar las cosas de su piecita, encontraron de todo. Por su puesto, decenas de libretas con números de patentes y tres flores. 


N del A: Nunca subestimemos, ni les faltemos el respeto al cerebro de un distinto, de un anciano que parece perdido, ni siquiera de uno que está en coma. Es una cajita de sorpresas, que ni el más encumbrado de los neurólogos le ha podido sacar más que unos pocos secretos. 


Acerca de Daniel Lecointre

El autor es nacido, vive y trabaja en el campo, en la zona de San Jorge, Partido de Laprida. En su sentir y sus palabras, esto es así desde hace más de 120 años, por los tiempos en que su abuelo llegó a esos pagos. Para comunicarse con el autor pueden llamarlo al 2284 215445 (no lo intenten vía Whatsapp, el 4G y el Wi-fi no han pasado todavía por la tranquera de su campo). De vez en cuando revisa el correo electrónico (enviar e-mail) y algunas veces su perfil en Facebook 

Martes con precios sostenidos en Liniers
Las langostas avanzan sobre Córdoba y ya hay daños...

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Por Daniel Lecointre, para Zona Campo. 

Los velorios "divertidos", el loco y la fidelidad de un amigo

La mañana tenía todo el aspecto de haber nacido tranquila, bucólica, y sin sobresaltos. De esas mañanas que uno desearía para toda la vida. Mis hermanos y yo, buscando la lechera, ensillando un petiso vichoco, que era nuestra silla. O simplemente jugando, éramos chicos. 


En eso estábamos cuando los gritos pelados de mama nos sobresaltó. -``Vengan…rápido…rápido, dijo la radio que murió la tía fulana y la entierran a las once. Avísenle a papá. Corran…corran que yo me voy cambiando-´´ 

Papa detuvo el tractor (en el cual pasaba diez horas, todos los días de Dios, en el aburrimiento ensordecedor del viejo Deutz. Los potreros y las rastras de dientes, ya le iban llenando los pulmones de tierra. Una de las joyas amadas en el campo era la radio. A las ocho menos cuarto ``daban los muertos´´ como decía tia Anita. A esa hora se la ponía cerca de la ventana, se sintonizaba cuidadosamente el dial, con precisión de cirujano, hasta que aparecía clara y nítida, LU32. para escuchar ``las sociales´´ como en misa. No se podía ni toser y menos cuando daban el apellido. Única forma de enterase si algún conocido había tenido la ocurrencia de morirse, de nacer o de casarse.

A los pocos minutos la Ford 62 ya iba levantando una nube de polvo, tan apurada como nosotros. ``Tenemos que llegar un rato antes…queda mal aparecerse cuando ya la están sacando´´ se escuchó.


Claro…
solo se habían podido bañar los viejos, no había tiempo para todos. Mama alzaba la ropa de los tres ``niños´´ y dos toallas, una mojada y una seca. Con la mojada repasaba las seis orejas, los cachetes, las manos como peludos. Y con la seca nos refregaba hasta dejarnos brillosos. Sacaba la ropa sucia, ponía la de salir y seguía con las partes bajas. Sin entrar en detalles, calzoncillos, pantalones, medias y zapatos. Todo eso, en una cabina simple, a los barquinazos, apretados como sardinas y a toda velocidad. 


A las diez estábamos estacionando en la calle España, bien peinaditos y empapados en perfume. Papa y mama, como corresponde, con caras de circunstancia. Nosotros felices de la vida, porque nos encontraríamos con todos los primos y teníamos asegurada una mañana de juegos y camorras. 


Cuando íbamos sin tanto apuro, entrabamos por la calle Belgrano, donde estaba la casa de familia. Carmelo Blando era nuestro tío. Casado con Marcela Tasso, hermana de mi abuela Florinda. Era una estancia en el medio de la ciudad. Una puerta grande, el pasillo largo, las habitaciones al costado, un gran ventanal dejaba ver el patio, después el comedor y la cocina. Una cocina a leña dominaba el ambiente, cálida y generosa como los tíos, con el horno y la plancha repleta de café con leche, o comida para el que guste. 


Era lindo, cómodo, uno abría la puerta y estaba en el patio, abrías la otra y ya eras uno más del velorio. A las doce, haciendo el camino al revés, en un segundo estabas en la mesa, tironeando una costilla de cordero.


Unos años antes…en ese lugar, el espectáculo era mucho más bello y guarro (tengamos en cuenta que los velorios aún no se hacían allí, se montaban en los hoteles o en las casas del occiso). A un lado estaba el galpón de los carruajes (quitándole el triste objetivo de su existencia) eran imponentes, perfectos, misteriosos, bonitos. El negro sin macula de la madera y la pana de los habitáculos. Nosotros entrabamos corriendo por una puerta y salíamos por la otra cuando jugábamos a las escondidas, haciendo renegar a los empleados que los estaban lustrando. Y había para elegir. Los servicios eran de primera y estándar. Había que tener dos juegos completos de coches. El principal, el de las coronas y dos de acompañantes. Si era un angelito, el coche era blanco. Cuando la empresa se motorizo, los viejos coches siguieron estando unos años más en las cocheras. 


Al otro lado estaban los caballos. Percherones inmensos, de color azabache. Todos machos y sin capar. En la noche quieta, desde la cocina y el patio se escuchaban sus pasos como un pisón. Las herraduras y el adoquín del establo rompían lindamente el silencio. Había olor a alfalfa, a viruta, a fluido. Era el campo perfumando la ciudad. 


A la mañana temprano llegaban los peones y empezaba la fiesta. No era fácil lidiar con esas bestias. Bien comidos, sin actividad, y rebalsados de hormonas, tenían a mal traer a esos hombres. Se veían las bocas espumosas, patadas abalanzos y mordiscones. Había que cepillarlos prolijamente hasta espejarlos, y ponerle betún en los vasos. Después se uncían a los carros que ya estaban en la calle. 


Una vez, vi al pobre Benito, viejo caballerizo y conductor llevando a uno de la rienda, era más alto él, cuando el equino sacudió la cabeza, enojado, Benito flameaba de un lado al otro sin tocar el suelo. Se accionaban los frenos y trababan las ruedas por temor a que dispararan…un día lo hicieron. El cochero desesperado corría como un poseído, imaginando peatones aplastados y coches destruidos. Los caballos conocían de memoria el camino, llegaron a la esquina y doblaron, iban buscando la San José. El pobre chófer logro treparse al carro y detener la carrera. Otro infierno era la espera frente a la iglesia. Los pobres hombres rogaban a Dios que el padre estuviera apurado, y responso fuera corto. Mientras los tranquilizaban con terrones de azúcar, acomodaban los penachos y sus altas galeras inestables. 


El personaje

Al fondo de la cochera había una habitación, en ella moraba Humberto Torcuato Tasso, hermano de la dueña de casa y de mi abuela. Todos los que tengan más de cincuenta lo conocieron. No se podía andar por las calles de Olavarria sin encontrarlo, formaba parte del paisaje. Acarreaba un trastorno cerebral que apareció en su adolescencia. Casi nadie conocía su nombre, todos le decía ``el loco Tasso´´ 

Se lo veía siempre con una libreta y un lápiz, caminando hacia atrás y anotaba los números de patente de todos los autos que pasaban. No sé por qué ni cuando nació esa manía. Era verdad que había tenido una novia, lo que lo no era cierto ni tenia rigor científico era el cuchicheo de las viejas, cuando decían que le habían hecho ``un daño´´ al cebarle un mate con ciertas cosas. Lo verídico, es que cuando la chica lo dejo el hiso un brote, y perdió el quicio para siempre. A pesar de eso, se podía entablar una conversación. El juicio lo acompañaba, siempre y cuando el interlocutor no se burlara. 



El hecho y las circunstancias

Hace unos años nomas, a nadie se le ocurría cerrar un velorio para irse a dormir. Al muerto se lo acompañaba toda la noche. Se lo velaba (que quiere decir, cuidar las velas) y a no olvidarse que los deudos y amigos comían bien, por eso no faltaban los sándwiches de miga, y ni en broma se mezquinaban los salames, el jamón y la galleta, el whisky para los hombres, y licor de anís para las damas. 


Al fondo del salón, en una de esas ruedas de diálogos sin apuro, esperando que amaneciera, estaban mi padre, Vilanova, Omar y el Negrito Gamondi, los viejos Tasso, Y los tíos del campo, Jorge y Cacho. Hacía rato que la charla giraba alrededor de un vicio y una pasión que tenían en común con el dueño de casa. Fue ahí, que el viejo Carmelo conto esta historia. 


``- En la época que hacíamos los servicios con caballos, yo tenía cuatro o cinco hombres fijos, toda gente muy buena. Y de vez en cuando traía algún hombre, para una changa específica. Entre ellos sabia venir un paisano que había sido monta cuando joven. Una porquería, camorrero, borracho, violento, pero sabía errar y tusar muy bien-´´ 


``- No sé cómo se había agenciado de una chica. Era muy bonita. Ella primero lo busco por amor, después siguió por amor y miedo, al último solo estaba con él por miedo. Con los años, uno de mis empleados se había enamorado de ella. A la mujer le paso lo mismo. La pobrecita se acostumbró al buen trato, al respeto, a la ternura-´´ ``-Antes de almorzar y a la tardecita, al paisano solo se lo podía encontrar en el boliche de fulano, nunca cometía el pecado de faltar. Esos eran los momentos en que los enamorados daban rienda suelta a la pasión, bajo la sombra fiel del temor a ser descubiertos. Para eso necesitaban un cómplice que los ayudara, que les cuidara la espalda. Mi empleado y Torcuato eran amigos. El hombre confió en mi cuñado y le dio la tarea de vigilar el bar. ``si llega a salir antes, vos, anda corriendo y avísame. Ya sabes donde es el rancho, yo voy a estar con ella´´ le rogo-´´ 


`- Torcuato puso toda su lucidez y cuidado en la misión que le había encargado su amigo. Él lo quería mucho, porque lo trataba con respeto, de igual a igual. Se sentaba en el cordón de la vereda, a una distancia prudencial del objetivo a custodiar, nunca tuvo que actuar… Hasta que un día algo paso en el boliche y el paisano salió apurado buscando la calle-´´ 


``- La cabeza de Torcuato amago a quedarse en blanco del susto, pero al instante se aclaró y salió corriendo a salvar al amigo. Dejo atrás un montón de cuadras. De vez en cuando detenía la carrera para mirar hacia atrás, iba soñando con el marido y la daga, que siempre brillaba en su espalda. Así llego a un lindo ranchito, bien pintado de blanco, con el techo y las puertas verdes. Creyó más atinado dar la vuelta por el patio y asomarse a una ventana. Por el chanfle descuidado de una cortina, vio una hermosa mujer desnuda. No sé si conocía ese misterio o fue la primera y única vez. El éxtasis lo detuvo unos segundos, cuando se recuperó golpeo la persiana, y dijo. ``- guarda, que ahí viene fulano-´´


``-Todo salió bien, el amigo le agradeció la gauchada con unas golosinas y un abrazo. No nos olvidemos que era un hombre, pero también un niño. No sé si habrá pasado un año o dos, el asunto es que un coche atropello a la chica y la mato. Por su puesto, le hicimos el servicio aquí a la pobrecita (Carmelo sepulto a media Olavarria, sin cobrarles un peso) Yo no me di cuenta de las cosas-´´ Siguio la voz de Carmelo-``…ignoraba esa historia de amor. Nos llamó la atención la poca demostración del marido. A media noche se escuchaba las risotadas y los comentarios guarangos del viudo. Recuerdo si, verlo muy compungido a mi empleado…estuvo toda la noche cerca de ella. Yo pensé que era la circunstancia nomas. Después me entere que Humberto lo fue a abrazar para consolarlo y casi lo hace quebrar. El hombre se lo saco suavemente de encima, y mi cuñado entendió-´´


"-A la mañana siguiente, mi empleado estaba complicado. Dicen, los que lo observaron mejor, que cuando agarro las riendas y se acomodó en las alturas del pescante, tenía la cara corrida de lugar, iba llorando. Como pudo termino la tarea, soportando la tentación de gritarle su amor. Cuando todos no íbamos marchando del lugar, buscando las vereditas sombreadas de cementerio, él se volvió y disimuladamente le dejo dos flores, una en cada florerito-´´


``-Pasaron los años, y seguíamos llevando gente a ese lugar, (yo no me daba cuenta) pero me dijeron los otros compañeros que solía desaparecer un segundo y corría para llevarle las dos florcitas a su amor-´´ 


``- Después se jubiló, y a los años murió. Un día, tomando mate con los empleado del cementerio municipal, me comentaron``- el que viene seguido es tu cuñado. Nosotros lo peleamos y lo hacemos renegar. Siempre trae tres flores, quien sabe dónde las dejara -el loco- dijo uno de ellos´´- Yo no sabía de ese ritual en su vida. A la tarde cuando lo encontré en la cochería lo interrogue. Ahí me entere de algunos detalles más de ese amor que no podía ver el sol. ``-¿y para quien llevas esas tres flores?-´´ agacho la cabeza y me contesto``una para mi amigo, las otras dos para ella´´ y porque dos para ella le pregunte. ``Porque él me dijo que ella estaba embarazada´´ me respondió-


´´ Una mañana, Humberto, estaba sentado en una sillita al fondo de la cochera. Los empleados le hacían los chistes y bromas de todos los días pero, pero hoy no se enojaba. Cuando se acercaron, intrigados, se dieron cuenta que estaba muerto. A alguien le toco juntar las cosas de su piecita, encontraron de todo. Por su puesto, decenas de libretas con números de patentes y tres flores. 


N del A: Nunca subestimemos, ni les faltemos el respeto al cerebro de un distinto, de un anciano que parece perdido, ni siquiera de uno que está en coma. Es una cajita de sorpresas, que ni el más encumbrado de los neurólogos le ha podido sacar más que unos pocos secretos. 


Acerca de Daniel Lecointre

El autor es nacido, vive y trabaja en el campo, en la zona de San Jorge, Partido de Laprida. En su sentir y sus palabras, esto es así desde hace más de 120 años, por los tiempos en que su abuelo llegó a esos pagos. Para comunicarse con el autor pueden llamarlo al 2284 215445 (no lo intenten vía Whatsapp, el 4G y el Wi-fi no han pasado todavía por la tranquera de su campo). De vez en cuando revisa el correo electrónico (enviar e-mail) y algunas veces su perfil en Facebook 

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